Jardiel Poncela se va a Hollywood

Jardiel Poncela se va a Hollywood

Enrique Jardiel Poncela anunció una vez que tenía el propósito de escribir no una, sino tres autobiografías: la primera de ellas de carácter intimista, Sinfonía en mí, un tomo de viajes ciertos —que se llamaría Lo que he visto con mis propias gafas— y otro tomo de viajes imaginarios que llevaría por título Mis viajes por los países a los que no he ido nunca. Pero no consiguió hacerlo, no se sabe si por falta de tiempo o de ganas. De todas maneras, estaba convencido de que las memorias eran algo que las gentes se ponían a escribir cuando ya no se acordaban de nada. El hecho es que el único libro autobiográfico que nos queda del escritor es el ensayo descriptivo de su aventura norteamericana, donde se describen en detalle sus viajes a Hollywood en 1933 y 1935 y en el que hallamos su sorprendido y a la vez divertido testimonio ante un mundo que le resultó tremendamente insólito y deshumanizado. La obra en cuestión se tituló Mis viajes a Estados Unidos. Monólogos. Películas. Cuentos y cinco kilos de cosas más, y se recogió posteriormente en un libro mayor con título también alusivo: Exceso de equipaje. En él contó todos los excesos del mercantilismo americano y de su incipiente sociedad de consumo, que, años después, habría de llegar hasta nosotros. La descripción de este viaje y del impacto sobre el humorista constituirá la base de esta conferencia.

Pero como introducción al tema es necesario establecer unos antecedentes como, por ejemplo, la postura vital del escritor ante el hecho del viaje, pues era algo que le fascinaba. En el prólogo a su primera novela larga confiesa que viajar le seduce y que con la sola presencia de un tren, se abrasa en la impaciencia de irse a algún sitio. Uno de sus aforismos más celebrados asegura «Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia.» Trasladarse es algo inherente al ser humano: «El hombre se diferencia del ciprés en que él se mueve y el ciprés se está quieto.» Según explica, los humanos no hacen otra cosa que irse y llegar. Nos recuerda en un artículo titulado Dos palabras acerca del turismo que en la antigua Roma había un dios del irse, Adeone, y un dios del llegar, Abeone. Llegamos al nacer y al morir nos marchamos. E indica que entre la primera llegada y el último mutis hay una cantidad de días consumidos en tomar coches, en tomar trenes, en tomar barcos, en decirse «adiós», en decirse «hola», en hacer equipajes, en deshacer equipajes y en romper equipajes, por lo que nos advierte que la existencia no debería medirse por años transcurridos, sino por maletas usadas.

Jardiel fue un espíritu cosmopolita y que, durante su vida, hizo frecuentes viajes por toda Europa —algo no tan habitual en aquella época— y por los EE.UU., El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Costa Rica, Panamá, Argentina, Brasil y Uruguay. Alguno de estos viajes fue especialmente complicado, como el que efectuó en 1944, embarcándose para Argentina al frente de su propia compañía teatral, constituida por veinticinco personas, dos perros, un pájaro, un automóvil y 6.000 kgs. de equipaje. A su regreso reconoció que aquello fue una tarea complicadísima, con muy pocos precedentes en la historia (Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Juan de Garay), con la diferencia en contra suya de que a él no le habían ayudado en la organización del viajes ni los Reyes Católicos ni Don Carlos V, y con la ventaja a favor de ellos que ni Garay, ni Cortés, ni Colón tuvieron que embarcar nunca un automóvil.

Reconoce haber viajado extensamente a pie, en auto, en bicicleta, en ferrocarril, en trasatlántico, en avión, en locomotora y en lancha, aunque se decanta por aquellos medios de locomoción que mejor permiten conocer un país:

Conozco gran parte de Europa, recorrida en coche, porque opino que sólo recorriéndolos en coche pueden conocerse bien los países: si se exceptúa el recorrido a pie, que es, desde luego, el mejor sistema de hacer turismo provechoso, aunque lo reconozca algo lento.

Su debilidad por los viajes se demuestra por el amor que le tuvo a su coche, al que le dedica un sentido verso, que comienza diciendo:

Siempre un Ford V8… Porque otros dos tuve,
es ya éste el tercer Ford en el que voy.
En cuestión de coches, siempre un Ford 8V:
un Ford V8 y made in Detroit.

Porque no basta viajar. Hay que conocer bien el lugar al que se llega. En su escrito Un itinerario de turismo: Madrid-Loperelejos, por Villalba, nos dice:

Conocer el país es saber el número de casillas de peones camineros que en él se levantan, estar al tanto del número de curvas en que se despereza cada carretera, de la cantidad de ruinas románicas utilizadas para refugio del ganado, de la multitud de gallinas que hacen clo-clo bajo el sol, del número de fábricas de corbatas que funcionan en el país y de los nombres exactos de los alcaldes que no pronuncian la erre. Conocer el país es averiguar que Marsella no está en España y que los pirineos no son una secta luterana.

Curiosamente, y aunque es un detalle generalizadamente ignorado, su fama inicial como escritor se debió a un viaje que realizó. En el verano de 1927 unos periodistas zaragozanos decidieron desplazarse desde la capital del Ebro a Madrid, en patinete. A Jardiel, cuando lo supo, no se le ocurrió otra cosa que corresponderles con un viaje de Madrid a Zaragoza en triciclo. Trató el asunto con Alberto de Tapia y el dibujante Joaquín Sama y les convenció para que le acompañaran en aquella insensata aventura. Pero como no pudieron encontrar triciclos de su tamaño, inventaron el «sexticiclo», un artilugio que no era sino tres bicicletas unidas una a otra longitudinalmente. Emprendieron el viaje, siendo recibidos y agasajados en todos los pueblos del camino. En Guadalajara, se cruzaron con los aragoneses del patinete. Mandaron a Madrid muchas crónicas cómicas escritas durante el trayecto, que se publicaron en El Heraldo de Madrid, lo que le proporcionó a Jardiel inmensa popularidad y le abrió las puertas de La Voz e Informaciones.

Aparte de su gusto por el viaje real, Enrique Jardiel Poncela fue desde su juventud un entusiasta de la literatura de viajes, como recoge esta atrevida afirmación:

Prefiero una página de Julio Verne traducida por un analfabeto a toda la Ilíada recitada por Homero en persona. Esto, que alguien dirá que es una blasfemia, no tengo inconveniente en repetirlo por los micrófonos de Unión Radio.

Fiel a su gusto escribe, efectivamente, literatura de viajes, pues no otra cosa son sus cuatro novelas de éxito. En la primera de ellas, Amor se escribe sin hache (1929), se presenta el viaje como solución de problemas. Ante una situación complicada, el protagonista decide irse a Australia, sin ninguna lógica. Para mantener viva una relación amorosa efectúa viajes por toda Europa, saltando de París a Rotterdam y a Londres, y efectuando un crucero con naufragio incluido, para acabar en el Perú. La novela incluye una extensa descripción de viajes en tren, cruzando túneles, cuya negrura se describe por primera vez con páginas en negro, con ese empleo tan típicamente jardielesco de los recursos tipográficos.

Sobre ¡Espérame en Siberia, vida mía!, su segunda novela, de 1930, escribe Jardiel:

Mi intención era hacer una novela de aventuras, uno de esos folletines de peripecias que inició Homero —¡cuánta irreverencia, Virgen Santa!— con la Odisea y que han multiplicado después miles de autores hasta el surmenage de los linotipistas.

En un principio pensó que su libro constase de aventuras por las siete partes del mundo, a saber: Europa, Asia, África, Amé­rica, Australasia, Polo Norte y Polo Sur (¿Por qué olvidarse siem­pre de los Polos? ¿Por qué tener para los Polos esa frialdad?, se pregunta el escritor). Pero luego reconoció la imposibilidad de extenderse tanto, pues hubiera necesitado que la novela tuviese 28 tomos, como el Rocambole. Y en consecuencia, supeditó sus aventuras a parte de Europa. Y tales aventuras se estructuran sobre un viaje. El protagonista, en peligro de verse asesinado, huye y se cita en Siberia con su amante, dando lugar a un gracioso recorrido por Europa. El éxito del libro fue tal que Jardiel amenazó al lector con ampliar sus horizontes descriptivos:

Si Dios me da salud (como dicen aquellas personas que no necesitan de la salud para hacer nada a causa de que nunca tienen nada que hacer); si Dios me da salud y no cambio de propósito, dedicaré más adelante un libro de aventuras —independiente y autónomo— a cada parte del mundo. De suerte que ahí queda sobre vosotros la amenaza de seis tomos más para el futuro.

El Don Juan que protagoniza la siguiente novela, Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, de 1931, afirma haber dibujado seis veces el mapa del mundo con las muescas de goma de sus neumáticos y haberse balanceado de una ciudad a otra en las alas de la Casa Farman, de la Classa, de la Latecoere, de la Lindbergh Line. La novela es altamente cosmopolita y se desarrolla en escenarios de toda Europa.

Su última novela grande transcurre en España, pero también incluye un viaje de importancia: el que hace Dios a la tierra para visitar a sus criaturas y ver qué tal están. Se trata de La «tournée» de Dios, de 1932. En ella, Dios da su primera entrevista a los humanos en un tren en marcha. Y el Papa, acomplejado por haber perdido protagonismo entre la Cristiandad ante la aparición del Altísimo, se esconde en el Vaticano y se consuela con la lectura de Miguel Strogoff y Las aventuras de los hijos del capitán Grant en el África Austral.

Aparte de las novelas, Jardiel es autor de otros escritos de viajes, como los ensayos humorísticos Cien años de ferrocarril en España y Tres viajes relámpagos por Europa o la serie de cuentos «Aventuras estúpidas», donde incluye ¡Nobles animales!, o los cazadores de cabelleras de Arizona, Los buzos chinos o los pescadores de Perlas de Ceylán, Portifax, el explorador sueco, o diez días entre «hipotecas» y El rajah y el marajah, o los feroces tigres de Bengala. Habría que mencionar, además, su novela corta El naufragio del Mistinguette.

Pero lo más curioso de su gusto por los viajes es que los lleva al teatro, solucionando todas las complicaciones que el género presenta para hacerlo. Argumentalmente, muchas de sus comedias se fundamentan en un viaje: alguien que causa el conflicto llegando o yéndose, raptos, huidas, un naufragio en una isla desierta del Pacífico, una exploración de la selva virgen africana, aventuras tras una avería de coche o un accidente ferroviario. En Eloísa está debajo de un almendro, se incluye una situación de las más celebradas: la del excéntrico personaje de Edgardo que, tras un desengaño amoroso, anuncia que va a acostarse para no levantarse ya más y pasa veintiún años en la cama. Para entretenerse finge viajar en tren, utilizando una parafernalia de imágenes, sonidos y adminículos, y hace que su ayuda de cámara le informe de los sitios por los que supuestamente van pasando, para degustar los productos típicos de cada localidad.

Y en estas comedias no vemos sólo viajes imaginarios. Aparte del cosmopolitismo de sus ambientaciones, hay piezas que nos muestran directamente el viaje en algunos de sus actos. En Agua, aceita y gasolina, un acto se desarrolla en una gasolinera en medio de una carretera a la que llega un coche en movimiento. En Los habitantes de la casa deshabitada vemos entrar en escena a otro coche que se avería en medio del campo. En Blanca por fuera y rosa por dentro la acción se desarrolla en el vagón-restaurante de un tren en marcha que, al final del acto, descarrila. En Carlo Monte en Montecarlo vemos un trozo de la carretera Niza-Ventimiglia, en el límite de Francia y el Principado de Mónaco, donde aparece un coche en movimiento, con proyección de paisaje cinematográfico detrás. El acto primero de El amor sólo dura 2.000 metros transcurre en la cubierta de un trasatlántico inglés, entrando en el puerto de Nueva York. Hasta tenemos noticia de una obra, El rápido de las 8 y 40, que se desarrollaba íntegramente en un tren. Esta obra ya no existe porque Jardiel perdió el manuscrito durante una mudanza, esa modalidad breve pero altamente traumática de viaje.

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Pasemos ya a relatar la aventura estadounidense de Jardiel Poncela.

En el verano de 1932 Jardiel recibió una oferta de la Fox Corporation, mediante la intervención de José López Rubio, para incorporarse al Departamento de producciones en castellano, con un contrato de 6 meses y 100 $ semanales. Jardiel salió de la estación de tren de Madrid con destino a Hollywood (California), a donde llegaría después de 17 días. Su primera estancia sería entre septiembre de 1932 a mayo de 1933, regresando a España tras 33 días de viaje.

La segunda estancia en Hollywood fue desde julio de 1934 a abril de 1935 y llegó allí embarcado en el «Comte di Sovoia». El 1 de abril inició su regreso desde la estación de Santa Fe de Los Angeles en el «California Limited» con destino a Nueva York, donde llegaría a los cinco días para tomar en Manhattan el trasatlántico «Rex», que le llevaría a la bahía de Gibraltar, pasando antes por el canal de Panamá.

Jardiel decidió abandonar los Estados Unidos para estrenar varias comedias en Madrid. El escritor añade a esto la serie de terremotos que tuvieron lugar en Hollywood durante su estancia. Según nos cuenta, a pocas millas del lugar donde se encontraba, los muertos cayeron a miles. Desde las seis de la tarde del día 10 hasta las seis de la tarde del día 12, tuvieron lugar ciento sesenta y ocho terremotos. Tras esta experiencia, decidió comunicar a su jefe en los estudios su deseo de regresar a España:

El jefe me preguntó:
—¿Y por qué quiere irse…?
—Porque opino que la primera condición que debe tener el suelo de un país, es la de estarse quieto. Además… Usted sabe que yo era un entusiasta de los Estados Unidos; pero desde el momento en que aquí lo mismo puede amanecer uno en la depresión que en la prosperidad sin que nadie sepa por qué; y desde el momento en que los Bancos se cierran y la tierra se abre…

Su estancia en Hollywood y el trabajo de guionista que allí realizó le sirvieron para perfeccionar su técnica de escritura teatral y para dotar a sus comedias de un ritmo cinematográfico que ha sido señalado claramente por la crítica. Allí conoció a Chaplin, a quien admiraba, y que le dio consejos concretos sobre cómo construir comedias cómicas.

Aparte del libro de viajes del que hablamos, Jardiel basó también una de sus comedias en el mundo del cine, ambientando la obra en Hollywood. Se trata de El amor sólo dura 2.000 metros, estrenada en 1941. La obra trataba esencialmente del choque entre Europa y Norteamérica, y, más concretamente entre España y Hollywood, simbolizados y personalizados en una actriz norteamericana y en un escritor español, muy ena­morados uno de otro y a quienes los estudios de cine acaban separando, por sus propios intereses creados.

 

Su análisis de la América de la Depresión

Las impresiones que Jardiel nos transmite de Nueva York no pretenden ser completas: son como pinceladas literarias, sin mayores pretensiones de análisis. Su estancia en la ciudad fue breve. No obstante, en su descripción se percibe su intención de no dejarse impresionar. Jardiel se considera a sí mismo representante de la vieja Europa y tiene ante el lugar que visita una actitud un tanto cínica con la que intenta transmitir humor a sus escritos. Su visión de Nueva York es complementaria de la de su amigo y contemporáneo, Federico García Lorca, quien en Poeta en Nueva York [1930] ya nos había transmitido el elemento de deshumanización característico de cualquier gran urbe.

Para empezar, no se asombra de nada, porque todo el mundo conoce ya Nueva York, Al divisar desde el barco la silueta de la ciudad, les señala los barrios a sus compañeros de viaje:

—Aquello de la derecha —me digo extendiendo el brazo— es Brooklyn; eso del centro, Manhattan; y lo de la izquierda, el Hudson; y lo de aquella orilla, New Jersey, y…
—¿Usted había visitado ya New York? —interroga monsieur Sutter.
—No —le contesto—. Pero el que más y el que menos ha tenido que pararse en alguna ocasión a encender el cigarrillo ante el escaparate de una tienda de tarjetas postales.

El autor visita diversos lugares: Trinity Church, Empire State, Times Square, Bowery, Greenwich Village, El Ghetto, 116 Street, Harlem, Union Square, Bronx Park, Riverside Drive, Park Row, Central Park, Little Italy, Wall Street. Y para cada lugar tiene un comentario agudo: «Wall Street. Washington sentado a la puerta de la Tesorería. En aquella casa, un hombre entra desnudo y sale vestido. (Son unos almacenes.) En esta otra casa, un hombre entra vestido y sale desnudo. (Es la Bolsa.)» Quiere adentrarse verdaderamente en el corazón de la Gran Manzana y para eso quiere perderse en New York: «Por desgracia, New York es una ciudad tan bien organizada, que es imposible perderse en ella.» La mención obligatoria es la de los rascacielos, a los que describe con una continuada prosopopeya, en un intento de restar importancia a su espectacular presencia: «Los rascacielos son muy jóvenes: por eso han crecido demasiado y están delgadísimos. Algunos parecen pilas de cajas recién desembarcadas; otros parecen veletas de iglesia de pueblo, y dos o tres de ellos parecen rascacielos.»

Sin embargo, Jardiel acaba por admirarse, pese a su voluntad de no hacerlo. Son el parque automovilístico y la red viaria los que le sorprenden por su amplitud, pues los europeos que él conoce no son remotamente comparables.   Jardiel habla de calles que se alargan al infinito en dimensiones monstruosas de docenas y docenas de millas, y su longitud y anchura inverosímiles son una prueba de lo joven que es la ciudad y una explicación de que la estadística arroje un coche por cada seis habitantes:

¿Qué hará en Hollywood un hombre sin automóvil, aparte de echarse a llorar en mitad de la calle? ¿Cómo verificará sus compras, cómo irá al trabajo o al restaurante, cómo asistirá al cine o al teatro en una ciudad en que se está siempre a treinta millas del sitio adonde uno se dirige?

Su libro de viajes incluye un verso sobre la ciudad de Nueva York, que sintetiza la variedad de la ciudad y la alienación de sus habitantes:

Una ciudad con dos ríos.
Chinos, negros y judíos
con idénticos anhelos.
Y millones de habitantes,
pequeños como guisantes,
vistos desde un rascacielos.
En el invierno, un cruel frío
que hace llorar. En estío,
un calor abrasador
que mata al gobernador
—que es siempre un señor con lentes—
y a los doce o trece agentes
que llevaba alrededor.
Soledad entre las gentes.
Comerciantes y clientes.
Un templo junto a un teatro.
Veintitrés o veinticuatro
religiones diferentes.
Agitación. Disparate.
Un anuncio en cada esquina.
«Jazz-band». Jugo de tomate.
Chicle. «Whisky». Gasolina.
Circuncisión. Periodismo:
diez ediciones diarias,
que anuncian noticias varias
y todas dicen lo mismo.
Parques con una caterva
de amantes sobre la hierba
entre mil ardillas vivas.
Masas con fama de activas,
pero indolentes y apáticas.
«Estrellas», actrices, «divas»
y máquinas automáticas.
Oficinas sin tinteros:
con «Kalamazoos», ficheros,
con nueve timbres por mesa
y con patronos groseros
de cara de aves de presa.
Espectáculos por horas.
«Sandwiches» de pollo y pepino.
Ruido de remachadoras.
Magos y adivinadoras
de la suerte y del destino.
Hombres de un solo perfil,
con la nariz infantil
y los corazones viejos;
el cielo pilla tan lejos,
que nadie mira a lo alto.
Radio. Brigadas de Asalto.
«Garages» con ascensor.
Cemento. Acero. Basalto.
Sed. «Coca-Cola». Sudor.
Prisa. Bolsa. Sobresalto.
Y dólares. Y dolor:
un infinito dolor
corriendo por el asfalto
entre un «Cadillac» y un «Ford».

La siguiente etapa de Jardiel es la ciudad de Chicago, a la que define como «el pueblo cuyo nombre aun da miedo». Fue ese mismo año —1932— cuando Al Capone fue encarcelado por evasión de impuestos y sus hazañas estaban aún en la mente de todos. El autor recalca la sugestión del nombre: Chicago. Es decir: el tópico del crimen:

Disparos a través del forro del bolsillo. Cuerpos perforados por las balas que escupe el parabrisas de un «Cadillac» turismo, ocho cilindros, «pisado a fondo». Golpes calculados en frío, rayando con un tiralíneas el plano de la ciudad, y ejecutados luego con el reloj en la mano izquierda y el dedo índice de la derecha en el gatillo de un rifle extrarrápido. El Álgebra al servicio del asesinato.

Transitando por la ciudad, el escritor va detallando los lugares donde se cometieron asesinatos que se hicieron famosos:

En aquella curva de South Avenue se estrelló, falto de dirección, el auto a bordo del cual iban muertos desde la esquina anterior Earlane y Joe Saltis.
Aquí, en Superior Street, junto a la Holy Name Cathedral, se quedó con los ojos abiertos para siempre Little Hymie, el de los «cien crímenes».
En Madison Avenue se hartaron de darle tiros a Drucci, que volvía de la Opera Cómica de oír Aída.
En Deaborn Street, sobre la plancha circular del alcantarillado de la esquina de Madison, agonizó Tony Lombardo. Y en aquella casa de apartments de Jackson Street frieron a balazos al otro Lombardo: a Pascualino.

La relación continúa durante tres páginas más, intentando abrumar al lector y transmite la peligrosidad del lugar.

Si Chicago es ciudad terrible y sombría Hollywood, en cambio, es «lo más exótico, lo más superficial y lo más ficticio de Estados Unidos». Durante sus casi dos años de estancia en Los Ángeles, Jardiel llegó a conocer bien su entorno y se divertía con la variedad urbanística de Hollywood, sus detalles absurdos que le dan su personalidad. Descubre una casa cuya fachada representa un enorme perro sentado sobre sus patas traseras (una clínica de perros), un restaurante, que es un tranvía sin ruedas empotrado en el suelo, un bar que tiene forma de cafetera, otro que es una taza sobre un plato y una casa que adopta la forma de la esfinge de Gizeh (una sociedad de seguros que se llama «La Esfinge»). Menciona que en los alrededores de Hollywood, en el campo, se han construido ruinas del siglo xiii, para que los enamorados sueñen allí, a la luz de la luna y se sorprende de que existan restaurantes en donde se come sin apearse del automóvil.

Pero lo que más excita la mentalidad del humorista son las que él llama «tiendas de tonterías» (Fun Shops), donde encuentra artículos desconocidos en la Europa de entonces: «Allí hallaremos todo cuanto puede hacer feliz a un niño, y que, desde luego, va a hacernos felices a nosotros.» Y menciona lámparas para sonámbulos; relojes de cartón para colgarlos en las puertas de la oficina e indicarle al visitante a qué hora nos hemos ido y a qué hora estaremos de regreso; cucharillas preparadas para que se caiga en un momento dado el contenido; toda clase de juegos y trucos de prestidigitación; palmatorias que se encienden solas al cogerlas y se apagan solas al soltarlas; puros para fumar de perfil que, aprisionados con los dientes por sus dos costados estrechos y presentando al observador los costados anchos, dan la sensación de ser normales; máquinas para hacer toda clase de cosas, desde pelar patatas hasta imprimir tarjetas de visita; pistolas para pescar truchas; cerillas que se encienden al sacarlas de la caja; pitilleras que escupen los cigarrillos encendidos; cigarrillos que echan humo estando apagados; gafas con limpiacristales automático; casas de campo transportables a remolque; calzado con calefacción propia; impermeables para perros; gemelos de teatro ajustables a la nariz y a las orejas; alfombras de movimiento; cocteleras eléctricas; fuentes de gasolina para mecheros automáticos; líquido para que la lluvia no empañe los cristales, etc.

En cuanto a la América profunda que Jardiel observa superficialmente en sus viajes por el país, la impresión que le causa es desalentadora. Los pueblos y ciudades pequeños le parecen excesivamente uniformes. Son ciudades que se adivinan sin llegar a verse, también iguales unas a otras, también standard. Le parece que es suficiente con pasearse por el andén el minuto de parada, con leer el nombre de la ciudad en los faroles para dejar satisfecha el ansia de turismo. Los pueblos, además, le resultan familiares, pues recuerda haber visto varios de ellos en el cine, sirviendo de escenario a una película de cow-boys:

Casas de madera; calles rectas con aceras de madera igualmente; caballos atados a una estaca; «Fords» viejos; un sheriff con bigote; un pastor con seis hijos, el más pequeño de los cuales se llama James; ocho drugs; tres laundries; una sucursal del First Security National Bank, y dos estaciones de gasolina Richfield. Un paso a nivel: «Crossing-Rail-Road». Y el pueblo acaba. (Catorce millas más lejos se ve otro ejemplar idéntico.)

Igual monotonía encuentra en el paisaje: campos, campos, campos… y estaciones de gasolina Richfield: «Se piensa que por las venas de los americanos no corre sangre, sino gasolina, y que en el pecho, en vez de corazón, tienen un carburador con “tiro de aire” vertical.» Su impresión al viajar por Estados Unidos es que está uno cruzando un solar: «Esto por ahora es un solar, pero el día que edifiquen…» Y también: «Este país se halla aún en proyecto, pero el día que se inaugure…»

 

La sociedad americana

La proverbial incultura americana es también objeto de los dardos de Jardiel, que llega a la conclusión de que el pueblo norteamericano (acaso por su innata capacidad de acción) es antianalítico. No se interesa por casi nada. Según nos asegura, el tipo medio del norteamericano, en antítesis con el tipo medio español, se preocupa poquísimo de la política e ignora asimismo las causas que determinan los factores económicos que tanto parecen importar. Jardiel se encuentra en medio de la Depresión y se pregunta cómo había sobrevenido la crisis, cuál había sido la razón del crack de los negocios, de la paralización progresiva de todo. Pero cuando intenta que se lo expliquen, nadie puede.

Y la respuesta de las gentes era siempre la misma, una respuesta vaga y standard.

—Esto sucede por la depresión.
—Pero ¿de qué proviene la depresión? —preguntaba yo.
—La depresión se produce de pronto. Y cuando se produce la depresión en los negocios, se revienta todo. ¿Es que no sabe usted que cuando se produce la depresión todo se revienta?
—Sí, ya lo sé. Pero ¿por qué se produce la depresión?
Se impacientaban.
—Porque se produce. Porque empiezan a andar mal algunas cosas, y luego otras, y viene la depresión y en­tonces ya nada marcha bien…

En el terreno de lo cultural, la situación no es mejor. El americano medio ignora la historia, como nos muestra un diálogo de la comedia citada:

Martín.—A éste le ocu­rre lo que a Santo Tomás.
Annie.—Pues, ¿qué le ocurre a Santo Tomás?
Martín.—Ocurría, miss Barrett, ocurría; porque Santo Tomás murió hace mil ochocientos ochenta y tres años. ¡Qué ignorancia tan cinematográfica! Claro que, para ustedes, los americanos, la historia de la humanidad no empieza hasta el nacimiento del presidente Lincoln… Pues a Santo Tomás le sucedía que, para creer algo, necesitaba verlo, miss Barrett.

En la misma obra se entrevista a un escritor español que ha viajado a América para supervisar el guión cinematográfico de una de sus novelas:

Hammilton.— ¿Cuál le parece el mejor escritor español?
Julio.—Baltasar Gracián.
Hammilton.—¿Va a venir también a América?
Julio.—No creo; murió en 1658.

Además, los estadounidenses consideran a su país como el centro civilizado de un mundo de salvajes, teniendo una idea muy tópica y extraña de las cosas que suceden fuera de sus fronteras:

Patricia.—[España] debe de ser un país singular. Si no andu­viese tan mal de dinero, iría en el otoño. ¿Hay ferrocarri­les allí?
Martín.—No, señora. Desgraciadamen­te, en España no hay ferrocarriles todavía. Se viaja en carro o a pie, en grandes caravanas, para defenderse de los toros bravos, que, en manadas de doce o catorce mil, recorren los campos buscando toreros.
Patricia.—¡Qué horror! ¿Y ustedes dos, torean?
Martín.—Julio y yo, el día que no matamos ocho o nueve toros, nos parece que nos falta algo…

Jardiel menciona también una informalidad social, una especie de falta de decoro como resultado directo de una sociedad excesivamente pragmática. Describe, en un cementerio, a señores serios que leen el Herald, indolentemente apoyados en un sarcófago, a familias en las que nadie se ocupa de nadie y, en general, una fría indiferencia por los demás, supeditada a otros beneficios: «Un tren atraviesa de pronto una calle. ¿No mata a nadie? Sí; todos los días mata ocho o diez personas; pero, pasando ese tren por en medio de la ciudad, las verduras llegan cinco minutos antes.»

Nuestro autor se siente agobiado por el mercantilismo agresivo que percibe en América. Describe calles sin término con todo tipo de comercios y una excesiva proliferación de anuncios publicitarios de todos los tipos imaginables. Todo se compra y todo se vende: platos y cubiertos de cartón, barómetros con la indicación de la ropa que debe uno ponerse en el día, aparatos para impresionar discos de gramófono, máquinas para saber dos meses antes si lo que va a nacer es niño o niña, botones con un imperdible para no tener que tomarse la molestia de coserlos, plumas estilográficas con tinta para un año, sombreros para evitar los atropellos provistos de un espejo que permite ver lo que viene por detrás… Su visión aguda le hace concentrarse en lo original y lo cómico; por ello va apuntando los slogans publicitarios más curiosos que encuentra:

Anuncios de cementerios: «El cementerio mejor del Estado; música a todas horas; ambiente perfumado; si usted lo visita, se morirá contento.» Anuncios de tiendas de muebles: «Muchachos: poned la novia, que nosotros pondremos lo demás.» Y también: «Por buena que sea vuestra novia, no olvidéis que son mejores nuestros muebles.» […] Anuncios de institutos de belleza: «¿Está usted harto de su nariz? Nosotros se la cambiaremos de aquí al jueves. Si la nariz nueva no le gusta, le pondremos otra vez la antigua.» Anuncios de astrólogos: «Por cuatro dólares sabrá usted el día y la hora de su muerte: garantizamos la puntualidad.» Anuncios de tiendas de armas: «Thompson, la mejor ametralladora para casos de huelga.»

La radio y los periódicos son también objeto de sus críticas. Las emisoras radiofónicas crean la opinión del país en temas políticos y culturales. Pero, pese al elevado número de emisoras, su programación resulta muy limitada: «Aparatos de radio en tono brillante; más aparatos de radio en tono brillante: hoy canta Bing Crosby. ¿Quiere usted no oírle? Sólo hay un medio: váyase del país.»

Se hace un listado de actividades ilegales, como casas de juego clandestinas anunciadas en la radio. Se anuncian condenándolas, claro: «—¡Es una vergüenza! En la ciudad una casa de juego, donde van unas muchachas preciosas y donde se bebe con absoluta impunidad. La casa está en la calle de Tal, número tantos. Si no lo hubiera visto, no lo habría creído. ¡Qué bochorno!» El autor menciona la noticia de que las Cámaras de Comercio iban a poner en circulación emisiones de bonos, sin validez fuera de la frontera de cada Estado emisor; pero también se contó al poco que los gangsters, averiguando la forma, dibujo y demás circunstancias de los bonos, se habían apresurado a falsificarlos con tal diligencia que tenían concluidos los falsos antes de que las Cámaras de Comercio hubieran terminado de concluir los legítimos. Al fin, las Cámaras no lanzaron los bonos legales y los gangsters, naturalmente, tampoco pusieron en circulación los apócrifos.

El lado más simpático de la sociedad norteamericana es para Jardiel el de las costumbres exóticas (principalmente de Hollywood) y que resaltan el carácter  naïf de la población: el uso y disfrute de los diversos objetos que se pueden adquirir en las tiendas y que son como juguetes para niños grandes. Además, menciona la libertad de costumbres de Hollywood: «En Hollywood, todo el mundo viste como quiere, y no hay opinión ajena», «Novios que se besan en público en la boca sin sacarse el chicle que van mascando», etc.

El autor destaca la naturalidad de los estadounidenses en lo referente a las necesidades fisiológicas, recordando que en las ciudades existen evacuatorios subterráneos, cuyos waters carecen de puerta y donde todo se verifica a la vista de los demás y recalcando la obsesión por algunas variedades de higiene. Cuenta, como costumbre curiosa, que muchas señoras de Hollywood suelen hacerse, mensualmente por lo menos, un lavado de intestino. La «irrigación del colon» forma parte de sus programas de belleza. Por último, critica el desmedido gusto del americano medio por el consumo de bebidas alcohólicas:

La cantidad de whisky que se consume en Navidades en Hollywood no es calculable. Los muertos por culpa del whisky (en accidentes de automóvil, golpes al caer o congestiones), ésos suelen llegar a varios millares. Año de pocos muertos es año aburrido.

Jardiel llegó en barco a Nueva York, tuvo problemas para entrar en el país y presenció la angustia de los inmigrantes que viajaban con él:

¡Nueva York y la Inmigración! Hay combinaciones de palabras que hacen temblar, y ésta, por lo visto, es una de ellas. Al menos, esperando a que la Inmigración neoyorquina suba a bordo, la actitud de los pasajeros del trasatlántico es exactamente igual al aspecto que ofrece un gallinero cuando la cocinera entra con el propósito de decidir qué bicho elige para menú. Las gallinas, quiero decir, los pasajeros, se aprietan unos contra otros en la borda: como si quisieran hacer el menor bulto posible. Se diría que algunos se agachan para esconderse debajo de los demás.

No deja de resaltar lo angustioso de la situación de un viajero al que se le puede negar la entrada en el país y mantener detenido en Ellis Island. Jardiel pregunta por el edificio que se halla bajo el monumento que preside la entrada a la bahía:

—¿Y aquel edificio que se ve al pie de la estatua?
—Aquello es un presidio. […] Un presidio destinado a los que no han cometido delito ninguno, pues a Ellis Island es adonde van a dar con sus huesos, hasta la repatriación, los viajeros a quienes las autoridades americanas no dejan desembarcar en los Estados Unidos.
Quedo sin habla. Porque esperaba ver mucho en este viaje, pero este principio de encontrar un presidio al pie de la estatua de la Libertad, eso supera a todo lo esperado.

A su llegada el escritor es interrogado por la razón de su viaje a Estados Unidos. Aquella es la pregunta clave. Él iba a Estados Unidos a trabajar, a escribir para el cine contratado por la «Fox» de Hollywood; pero le habían advertido que no declarase semejante cosa. Contesto, pues, que la razón de su viaje era el turismo. Entonces le negaron la entrada: «—Si viene usted contratado, no puede desembarcar, porque le quita el puesto a un norteamericano; y si no viene contratado, tampoco, porque tenemos quince millones de hombres parados, y usted va a convertirse en un parado más.»

Jardiel es detenido preventivamente y durante varias horas lucha con la burocracia, intentando solucionar el conflicto y alegando que tenía su pasaporte visado por el cónsul norteamericano en Madrid. Finalmente, insistiendo en su condición de turista consigue convencer a las autoridades aduaneras:

— ¡Vengo de Europa! En Europa, en todas las agencias de turismo, hay unos carteles aconsejando que se visiten las cataratas del Niágara. ¿Cómo voy a visitar las cataratas del Niágara si ustedes no me dejan desembarcar?
Un minuto de silencio (dedicado quizás a las cataratas del Niágara), y, al cabo del minuto de silencio, el oficial exclama, convencido, esta sola palabra, decisiva en Norteamérica:
—Okay!
Y me pone en el pasaporte la estampilla que me libra de presidio.

Conclusiones

La visita de Enrique Jardiel Poncela a los Estados Unidos queda reflejada en sus escritos como una experiencia vital muy valiosa tanto personal como artísticamente. Sin embargo, el panorama que el autor nos presenta del país es radicalmente negativo. Puede que tuviera influjo en él la actitud generalizada de los españoles, que, debido a las conflictivas relaciones históricas de los dos países había percibido a Estados Unidos casi como un país enemigo.

Jardiel habla, pues, de un país donde la vida es a un tiempo brillante y miserable, a un tiempo seductora y pavorosa, a un tiempo simple y disparatada, a un tiempo infantil y satánica. Pero muestra precisión en sus juicios y no se hallan en sus escritos datos erróneos, como suele suceder frecuentemente en las relaciones de los viajeros.

Como resumen del lugar Jardiel halla tres elementos: religiosidad, confort y búsqueda del placer: «Para comprender el país, hay que adquirir, nada más llegar, una Biblia, un automóvil y un sacacorchos.» Reprocha a los estadounidenses su materialismo y su infantilismo y afirma que la vida en los Estados Unidos es especialmente difícil para una mentalidad europea. Resume su experiencia en el país contando la transformación que él mismo sufrió, describiendo que de España había salido un hombre normal, lúcido y despierto, y una estancia de siete meses en Estados Unidos devolvían a Europa una masa de carne inerte que vivía en medio de una impenetrable neblina espiritual. Decide, por lo tanto, fundamentar su obra teatral El amor sólo dura 2.000 metros en el antagonismo entre el materialismo americano y el supuesto idealismo europeo. Y sintetiza su crítica a la sociedad americana en un sarcástico brindis puesto en boca de su personaje protagonista:

Julio.—(Alzando el vaso.) Por el cine que triunfa di­rigiéndose a los más ignorantes. Por el dinero como aspira­ción suprema de la vida. Por los amores que sólo duran 2.000 metros. Por los hombres divorciados y casados varias veces. Por las mujeres sin valor para obedecer las órdenes del corazón y de la conciencia. Por las damas que forman «Clubs» y juegan al póquer. Por los «gangsters» con ofi­cinas abiertas y abogados propios. Por el «whisky». Por la «ley de Lynch». Por la democracia y la civilización.