Crítica a «Galdós en los infiernos», por Roberto Vivero

Crítica a «Galdós en los infiernos», por Roberto Vivero

UNA COMEDIA INFERNAL

11-4-23

Pocos serán los espectadores que tras presenciar Galdós en los infiernos se sientan defraudados. Y digo «pocos» para no parecer exagerado y porque –como reza el dicho– para que haya mundo tiene que haber de todo.

Los que busquen mero entretenimiento, lo tienen asegurado gracias a algo tan sencillo como la intriga que siempre implica un juicio. Pues, en efecto, Galdós llega al infierno para ser juzgado por sus obras (las literarias y las de la vida).

Los que busquen divertirse, tienen las risas aseguradas. No solo el texto es un arsenal de eficaces técnicas humorísticas y no solo encontramos humor en los personajes eminentemente cómicos, sino que las situaciones y todos los actores aportan su gracia a la comedia.

Los que busquen un motivo, un pretexto para pensar sobre la naturaleza humana, también saldrán satisfechos, ya que la luz didáctica y moral que irradia la figura de Galdós con todos los sinsabores padecidos a pesar de su vocación racionalista e ilustrada, nos hace reflexionar sobre los avatares de la vida.

Y, por último, aquellos que busquen algo que trascienda tanto lo histórico como lo cotidiano podrán ahondar en la visión del hombre y del universo que con sutiles pinceladas enmarca la trama.

El equilibrio entre lo cómico y lo dramático y el ritmo de la obra –casi podríamos hablar de una coreografía– quedan apuntalados por un elenco de profesionalidad intachable que obra con plena conciencia el juego de contrastes que estructura la pieza. Y todo esto en un decorado sin excesos ni carencias, obedeciendo elegantemente a la necesidad de la obra, una obra que no se detiene entre los actos, sino que (como aquel Don Juan dirigido por Jardiel Poncela) urde una continuidad teatral a través de una voz en off y de la proyección de imágenes que nos informan sobre la vida de Galdós.

En resumen, he aquí un texto literario que funciona sin chirridos, como si fuese algo de lo más sencillo (y recordemos que la literatura siempre es compleja); unos actores experimentados que dan vida (y esta no es ahora una frase hecha) a sus personajes; una escenografía tan hermosa como eficaz y, en conjunto, una obra y una representación plenas de equilibrio en el juego de contrastes. Como en la vida, el teatro. ¿O viceversa?