Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Stanley Kubrick, 1964)

Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Stanley Kubrick, 1964)

La novela Red Alert
no la conoce ni el Tato,
pero es la base de Te-
léfono rojo: ¿volamos
hacia Moscú?, film que tiene
un nombre mucho más raro
en versión original:
Dr. Strangelove o How to
Stop Worrying and Love
the Bomb. No recuerdo el año;
sería el sesenta y tres.
No, no: era el sesenta y cuatro.
 
A Peter George, el autor,
yo no lo conozco, en cambio
ya he dicho en cien ocasiones
que soy bastante maníaco
y entusiasta fan de Kubrick,
que es más grande que Pizarro,
Cortés y Balboa juntos
(por mencionar unos cuantos);
y si de mí dependiera,
no digo canonizarlo
porque no hay que exagerar,
pero sí lo haría beato.
 
La novela habla de un
general republicano
que se vuelve majareta,
se piensa que los malvados
rusos le echan flúor al agua
porque los americanos
queden estériles y
decide armar el cotarro.
Da la orden de soltar
sobre Rusia tres o cuatro
bombas de ésas que explotan
(de las atómicas, ¡claro!).
Y no le pueden parar
porque los del alto mando
militar están bastante
confusos y despistados.
 
En este tipo de historias
lo que pasa está cantado:
en el último minuto
consiguen vencer al malo,
le quitan la clave, evitan
que se organice el fandango,
se enjugan todo el sudor
y respiran aliviados.
Aquí no sucede así:
este argumento es más raro,
novedoso y diferente.
¿Qué pasa entonces? Es claro:
sueltan la dichosa bomba
y todo a tomar por saco.
 
En el último minuto
de la historia presenciamos
el horror de los horrores,
que consiste en que los mandos
militares se lo toman
con suficiente relajo
y empiezan a planear
qué harán cuando estén a salvo
en los sótanos que tienen
dispuestos para estos casos.
 
Como sólo caben pocos
han de ser seleccionados.
¿Quién se salvará de la
hecatombe que han armado?
Ellos y algunas mujeres
muy agradables al tacto,
para perpetuar la especie
cuando el resto se haya asado
por la radiación. Admira
ver cómo el instinto humano
decide sobrevivir
tras de cualquier altercado.
Y todos esos señores
de la guerra, que han montado
un cataclismo mayúsculo
dejando al mundo hecho cachos,
se preparan un futuro
disfrutoso y fornicáceo.