Píramo, Tisbe y el agujero

Píramo, Tisbe y el agujero

Un poco de saber clásico nunca está de más. Como es un mundo olvidado por todos, quien saque a colación cualquier historia grecolatina se forjará fama inmediata de persona leída y cultivada. Un ejemplo que sirve muy bien es este relato de amores tontos que no se sabe casi nadie.

Sucedió en Mesopotamia,
más o menos por el siglo…
(como no tengo ni idea
de cuándo pasó este idilio,
no voy a meter la pata,
no quiero hacer el ridículo
y sólo diré que fue
en un tiempo muy antiguo,
lo que es algo que resulta
muy poco comprometido).

Esta historia tremebunda
sobre infaustos amoríos
—de esos que acaban muy mal
por caprichos del destino—
tiene muy diversas fuentes:
la menciona un tal Higinio,
que escribió unas cuantas fábulas
sobre el tema del suicidio
(ya saben: la muerte que con-
siste en matarse uno mismo
o, en su defecto, pedirle
ese favor a un amigo).
Luego vino un sinvergüenza
conocido como Ovidio
que «fusiló» el argumento
y lo inscribió en el Registro
de la Propiedad Intelec-
tual como suyo, el muy pillo.

Si tenemos que creernos
lo que nos cuenta la mito-
logía, hubo dos amantes
muy jóvenes, Tisbe y Píramo,
vecinos de Babilonia
y entre sí también vecinos,
de tal forma que tan sólo
los separaba el ladrillo
de una pared compartida
entre los dos domicilios.

Tisbe era bella, aunque obesa
(porque comía dos carrillos)
y Píramo, por su parte…
(no recuerdo su apellido;
le llamaremos García
provisionalmente; sigo).
Píramo, como decía,
era hermoso y barbilindo,
fatuo, creído y coqueto,
alto altanero y altivo,
presumía más que un mono
de que su padre era rico,
de que vivía en su casa
mucho mejor que un obispo
y hubiera ganado un premio
en un concurso de pijos.
Los niñatos babilónicos
eran bastante cernícalos
y estaban sólo un peldaño
por encima de los simios,
un peldaño que medía
de alto muy pocos centímetros.

Los padres de ambos estaban
(como es lo común) reñidos
desde siempre, con un odio
feroz, africano y mítico,
con que el amor que surgió
entre los zangolotinos
era imposible y estaba
ya antes de empezar prohibido.
La pasión nació entre ambos,
aunque nunca se habían visto,
pero el tabique, que era
de barro muy mal cocido,
tenía de parte aparte
un bujero pequeñito
y por él se asaetearon
con las flechas de Cupido.

Píramo, tras escuchar
la recia voz de barítono
de la hermosa Tisbe, fue
y cayó bajo su hechizo
por una causa muy simple:
nunca jamás la había visto.
Y ella, con sus pocas luces,
no vio que él era un pollino,
un mentecato, un idiota
que se había caído de un guindo.

Cuando los padres supieron
de este idilio clandestino,
les impidieron salir
a la calle ni un poquito,
porque creían que el
mejor anticonceptivo
era poner entre ellos
una pared de granito,
pues un muro de por medio
dificulta el erotismo
y el amor entre tabiques
resulta dificilísimo.

Los amantes, si querían
manifestar su cariño,
usaban el agujero
para lanzarse suspiros.
Sólo se comunicaban
con miradas y con signos
(y algún que otro telegrama,
siempre a cobro revertido).
Se enviaban las misivas
a lomos de un ratoncito
que hacía de mensajero
de sus amores furtivos.

Se cruzaron mil finezas
y presentes, como es típico.
Ella le mandó un mechón
de su cabello (teñido)
como prueba de su amor
y él a ella, un tocadiscos
con la radio incorporada,
con cassette y con sonido
totalmente estereofónico,
lo que era el último grito.
Tisbe lo llevaba siempre
escondido entre el vestido
para que no se lo viera
su padre, que era un peligro
y le habría hecho pedazos
hasta la fe de bautismo.

Se lamentaban los dos
con mil lloros y gemidos
e increpaban a los muros
y al resto del edificio:
«Pared: ¿no fuera mejor
que nos dejaras unirnos?»
Pero la pared aquella
nunca respondió ni pío.

Finalmente, su pasión
no soportó aquel suplicio
tantálico y decidieron
verse con el objetivo
de que aquel amor platónico
se tornara en un poquito
aristotélico (o sea:
en un poco más lascivo),
lo que aunque sea inmoral,
resulta más divertido.
Así sucedió: un buen día
(recuerdo que era domingo
y jugaba el Real Madrid)
ella le escribió: «Querido
Píra, ben a berme aluego,
después c’haiga anochecío,
que llo t’estaré haguardando
hayí’ande la estatua e’ Nino
—lla saves, ca de la fuente
que ay ayí, por aquel sitio—
y llo t’entregaré algo
que te ba a acer mucha “ilu”».

Al acercarse la hora
se pusieron intranquilos;
él se encontraba atacado
por el baile de San Vito
y ella sentía mariposas
en las tripas y el ombligo.
La tarde tardó en llegar,
el día se hizo infinito,
pero, al fin, anocheció
(si no hubiera anochecido
en un momento o en otro
se hubiera armado un buen lío).
Tisbe montó en su caballo
y Píramo en su triciclo
y se escaparon los dos
sin tomarse ni un respiro.

Atiendan con atención
atenta: no pierdan ripio
de lo que pasó después,
que no tiene desperdicio.

Tisbe llegó mucho antes.
en su caballo «rapido»
y aguardó ansiosa a su amado
fumándose un cigarrillo.
Píramo se retrasó
unos cuantos minutitos
porque, como era muy pulcro,
le estuvo sacando brillo
a sus zapatos un rato
y se cambió de vestido
seis veces, que era coqueto
como creo que ya hemos dicho.

Ella esperó junto a una
morera de frutos níveos
(blancos; esta aclaración
es para hacer más sencillo
el verso). Como era invierno
y hacía bastante fresquito,
se enrolló en una bufanda
que le regaló su tío
materno, que era un experto
en hacer punto y ganchillo.

Al cabo de un breve rato,
apareció de improviso
una leona imponente
con sangre en todo el hocico,
porque venía de me-
rendarse a un buey enterito.
Como tenía mucha sed,
bebió y se dijo: «¡Qué alivio!»
Tisbe salió de allí más
veloz que el Correcaminos
a esconderse en cualquier gruta
que encontrara en su camino
y allí quedó su bufanda,
que se le había caído.

La leona, por su parte,
después de que hubo bebido
hasta llenarse la tripa,
vio la bufanda y se dijo:
«¡Oh, qué bien! ¡Una toalla
para secarme el hocico!»
Restregó en ella sus morros
hasta que los tuvo limpios
y la dejó muy manchada
de sangre y hecha un asquito.
Después se desperezó,
eructó y pegó un rugido,
hecho lo cual, se fue a dar
de cenar a sus leoncitos.

Después de que hubo acabado
este episodio leonino,
Píramo llegó y pegó
un estentóreo alarido
de esos que ponen los pelos
de punta, en fa sostenido,
pues vio la sangre en el trapo
y se pensó —el muy borrico—:
«Sangre en la bufanda: eso
será que se la ha comido
un león y no ha dejado
de mi amada ni un trocito.
Y ha devorado los huesos
inclusive, por lo visto,
porque no encuentro de ella
ni rastro por ningún sitio».

Entonces, como era hombre
con más hormonas que juicio,
se atravesó con la espada
y se hizo trizas el hígado
sin muchas contemplaciones.
Y por aquel orificio
se le fue la sangre toda
a borbotones e hizo
en el suelo y a los pies
de nuestro héroe un charquito,
con que las moras cogieron
el color del vino tinto.

Tisbe, al cabo, regresó
a averiguar si el felino
rondaba aún por aquel
paraje o ya se había ido
y comprobó que no estaba
por allí el animalito.
Al ver fiambre a su amado,
su corazón se hizo añicos
y pensó seguir la suerte
de su amado Piramito,
pues sin él estaba sin
oficio ni beneficio.
Cogió la espada y con ella
se pinchó en medio del píloro,
que es una muerte que dicen
que incluso te da gustito.
En menos que canta un gallo,
falleció con un gemido
y del suicida con prisas
ha quedado como símbolo.

Así acaba la leyenda
de una pareja de bípedos
que tuvieron hace tiempo
amores de tapadillo
y murieron empeñados
en saciar sus apetitos.
Sus cadáveres quedaron
tirados en aquel sitio,
el uno encima del otro
en informe montoncito,
y allí estarán todavía
si nadie los ha movido.