Los hermanos Karamazov (Richard Brooks, 1958)

Los hermanos Karamazov (Richard Brooks, 1958)

Una magistral lección
sobre la abyección humana
es la «peli» que se ti-
tula Los hermanos Kara-
mazov, un gran manual
donde están catalogadas
las mil formas en que el hombre
comete sus caballadas.
La resumimos aquí
con una intención muy clara:
que a nuestros queridos lec-
tores no les haga falta
molestarse en leer el libro
de Dostoyevski ni nada.

Es un padre con tres hijos
que vive en la Rusia blanca
y es dueño de terrenitos
de también de dos mil almas
(que es como llaman allí
a los siervos que, en manada,
aran los campos de los
señores, cuando hacen falta).
En fin, el hombre es más malo
que la momia, que el fantasma
ese que vive en la ópera,
que Frankenstein o que Drácula,
y a los tres hijos que tiene
siempre los trató a patadas,
mató a su madre a disgustos
haciendo barrabasadas
y es lascivo como un sátiro,
tiránico como un sátrapa
y codicioso y avaro
cual ministro de finanzas.

Harto de aguantar al tipo
los tres hijos se emanzapan
(quiero decir «se emancipan»,
pero lo otro no rimaba).
El menor se mete a fraile,
el mediano no trabaja
y el mayor pasa su tiempo
detrás de mujeres guapas.
Pero el fatum se interpone
y el padre ve una mañana
a la novia del mayor;
le gusta y, para gozarla,
le ofrece un montón de rublos
de esos que tienen pintada
la cabeza del zar Ni-
colás con toda su barba.
La muchacha está dudosa.
¿Se acostará con el ancia-
no o lo hará con su hijo,
que es joven y está sin blanca?
¿Irá a la cita que el viejo
ha concertado en su casa
y se ganará el paquete
de rublos como quien lava?

¿Qué sucede? Al día siguiente
alguno va y descalabra
y deja al padre más muerto
que Calderón de la Barca. (†1681)
El mayor es sospechoso,
el mediano tenía ganas
también de cargarse al viejo
y el otro es de esos que engañan
con su carita de buenos.
La cosa está complicada.
Y, por si esto fuera poco,
al hijo mayor le hallan
un buen fajo de billetes
debajo de la almohada
aunque él dice que son suyos,
nadie le cree ni palabra.
Hay un juicio, le hacen fotos
para el ¡Hola! y el Semana,
le condenan y le envían
una larga temporada
a picar piedra en Siberia
sin permitirle bufanda,
ni pijama de franela
ni calcetines de lana.

Mas, ¡ay!, hay un cuarto hijo
—del que nadie sabe nada
por ser bastardo— que está
más chalado que una cabra,
que fue quien mató al vejete,
dándole con una tranca.

Hasta aquí el cuento. Veamos
que moralejas se sacan
de esta tragihistoria rusa
que fue protagonizada
por Yul Brynner, ese actor
tan famoso por su calva.

En primer lugar, es obvio
que la justicia es muy mala:
se equivoca, no da una,
suelta al homicida y manda
a prisión al inocente
sin derramar ni una lágrima;
y, después de cometer
tal metedura de pata,
no siente remordimientos;
es más: se queda tan pancha.
La segunda conclusión
también es obvia: si tratas
a tu mujer a trompazos
y a tus hijos a patadas
te arriesgas a que, enfadados,
te sacudan a mansalva.

Hay otra conclusión más,
pero este verso se alarga
demasiado y es mejor
parar, que lo mucho cansa.