Libros que no se deben leer (o cómo eludir bodrios)

Libros que no se deben leer (o cómo eludir bodrios)

En el diálogo Fedro de Platón (429-347 más o menos), el personaje de Sócrates menciona que el dios egipcio Toth (el del gorro alto) le hizo la relación a un faraón de todas las dádivas concedidas por los dioses a los mortales. Le dijo que algunos eran beneficiosos (los números, la astronomía) y otros —como la escritura—, perniciosos; e indicó que ésta le iba a acarrear al hombre infinitamente más perjuicios que beneficios.

Estamos plenamente de acuerdo.

Hay libros infames y ya es hora de que alguien sensato como yo prevenga a muchos incautos de los peligros que les acechan en esos laberintos tipográficos que tanto abundan.

Lo más sencillo sería prohibir totalmente los libros, pero en tanto llega esa legislación tan deseada —y que tanto gustaría a algunos— me limitaré a indicar de qué libros específicos hay que huir como del diablo.

 

Libros cuyo autor aparezca de algún modo en televisión. El mismo ambiente y carácter de este medio comunicativo impide pensar con claridad a los que pululan dentro de un radio de al menos tres kilómetros y medio del perímetro de sus platós (o ‘platoes’, o ‘platoses’, no estoy muy seguro de cómo se forma este plural). Puede que se deba a un tema de ondas, no sé: investigaciones futuras nos lo esclarecerán. Pero el hecho es un hecho. Así es que pretender que un presentador de programa rosa diga cosas profundas e interesantes sobre la vida en un libro, después de ver su discurso hablado, es pecar levemente de ingenuo. Lo mismo se aplica a los libros de preguntas firmados por los presentadores de concursos. Señores, les revelaré un secreto: ¡Ellos no redactan las preguntas! ¡Qué desilusión!, ¿no?

 

Libros cuyo autor sea famoso por otra actividad distinta de la de escribir libros. Evidentemente, un político que redacta sus memorias, un torero que escribe cosas, un etc., no son escritores: no han hecho nunca esa actividad, que precisa de tanta preparación como cualquier otra y puede que más. Aquí es donde entra el «negro», que se me dirá que puede escribir adecuadamente lo que el otro le cuente, por lo que el libro puede estar bien, aunque su autoría sea una superchería. También disiento en esto, pues el «negro», por definición, es un escritor fracasado, que puede haberlo sido por falta de suerte, pero hay muchas papeletas de que sea sencillamente porque era mal escritor. Todo ello, claro, aparte de la inmoralidad colectiva de hacer llegar nuestro dinero en forma de royalties a políticos, toreros o etcéteras que mienten diciendo que han escrito un libro.

 

Libros en trilogías. Esta norma es estrictamente científica y se basa en el cálculo de probabilidades. Si ya es difícil escribir un libro bueno, escribir tres libros buenos es prácticamente imposible. Muy pocos autores, en medio de una abundante producción, han conseguido elaborar tres libros muy buenos. Y que esos libros traten sobre el mismo tema y sean sucesivos ya es algo cuyas probabilidades rozan lo demencial en números decimales. El afán crematístico del editor es palmario. Ante un libro con posibilidades de venta, le retuercen el brazo y puede que algún otro miembro al autor, para que escriba más de lo mismo ¡dos veces consecutivas! Todo el que alguna vez haya escrito algo conoce la dificultad de darle una vuelta a un tema, no digamos dos. El resultado es siempre decepcionante.

 

Libros «de actualidad». Aquellos que tratan sobre famosos recientemente muertos, sobre escándalos políticos y cosas por el estilo, que aparecen a las pocas semanas de haber sucedido algo, tienen como objetivo obviísimo ganar dinero rápido. Son obras de usar y tirar (pues meses después, por haber perdido actualidad, ya no se venderán en absoluto y acabarán en los puestos de saldo, junto a ejemplares desparejados de enciclopedias en fascículos y tratados sobre la cría del canario). Por ello su elaboración se les encarga a escritores baratos, que se comprometen bajo juramento legal a darse mucha prisa en entregar el manuscrito. Aun así, como las editoriales no las tienen todas consigo en cuanto a que el escritor cumpla el trato, contratan a varios, que escriben el libro a trozos (sin saber qué trozo está escribiendo el otro ni cómo). Luego un becario pega las partes, le pasa el corrector de texto, convierte el Courier y el Times New Roman en Arial o lo que sea y con ello se da por acabada la edición del libro, porque la imprenta espera.

 

Libros basados en películas. Son uno de los mayores engaños conocidos por el hombre. Cuando una película se basa en un libro pueden pasar cuatro cosas: a) película buena sobre libro bueno (La naranja mecánica de Stanley Kubrick), película buena sobre libro malo (Doctor Zhivago de David Lean), c) película mala sobre libro bueno (Crimen y castigo de Menahem Golan), d) película mala sobre libro malo (Rambo: Acorralado de Ted Kotcheff). Pero cuando es el libro el que se basa en una película, siempre, siempre, siempre, el libro es infame. El truco se basa en que la literatura tiene más prestigio que el cine. Los snobs van al cine y dicen luego «Me gustó más el libro». Además, parece que ningún productor medio sensato haría una película sobre un libro malo (aunque ya sabemos que esto no es cierto). El caso es que el lector, que conoce el éxito de la película, se topa con el libro, cree erróneamente que el libro era anterior al film y razona: «Pues si la película era buena, el libro lo será más». Y se lo compra. Los escritores que se dedican a novelar películas recién estrenadas están en la parte más baja de la pirámide del gremio.

 

Libros aparecidos al poco tiempo de que su autor haya logrado un gran éxito con otro libro. Me explicaré. Escribir un libro lleva tiempo y escribir uno bueno lleva aún más. (Pongamos como ejemplo una novela histórica, de esas que se llevan ahora, de dimensiones medias. No hablamos de inventarla. Sólo copiarla, mecanografiarla, puede llevarte tres meses y varias contracturas en la espalda.) Si un autor publica un libro de éxito y al poco (digamos un tiempo inferior a dos años, por decir algo), publica otro, eso sólo puede significar una cosa: el segundo libro estaba escrito antes que el primero. ¿Y qué?, me preguntarán ustedes. Pues que el segundo es obviamente un libro asqueroso que el autor no consiguió colocarle a nadie. Tras el éxito del primer libro publicado, los editores quieren capitalizar la fama cuanto antes y le piden al autor que escriba otro enseguida. El autor no puede hacerlo y saca un antiguo manuscrito de un cajón. Cuando los lectores vean que el segundo libro es mucho peor que el primero, ya será tarde, porque ya lo habrán comprado.

Podría seguir y seguir y seguir, pero habrá que dejar cosas para otra ocasión.