Libros inacabados por ser inacabables

Libros inacabados por ser inacabables

Escrito de denuncia sobre algunas de esas supuestas maravillas de la letra impresa que no hemos podido acabar de leer por más que lo hemos intentado

Da vergüenza decirlo: lo sabemos, Pero también hace falta valor para reconocerlo y como a nosotros en punto a valor no nos supera ni el Cid Campeador, aquí lo estampamos, tal y como es: hay libros que no hemos podido acabar de leer jamás.

Los hemos empezado una y otra vez. Luego es obvio que sí son «empezables». Pero ¿son «acabables»? Nosotros diríamos que no y hasta ponemos en tela de juicio las osadas afirmaciones de quienes afirman haberlo hecho, que nos dan la indeleble impresión de que son unos embusteros y unos farsantes.

Refiriéndonos al valor al que hemos aludido antes —ese valor de emitir juicios contra lo establecido, le pese a quien le pese—, recordaremos la famosa anécdota de Lope de Vega quien, en su lecho de muerte, casi putrefacto ya, reunió a toda su prole y sentenció:

—Ahora que me voy a morir, ya os lo puedo confesar, hijos míos: ¡me carga el Dante!

¡Ni Lope, que no se achantaba ante nadie, tuvo valor para decirlo en vida!

Nosotros sí lo tenemos, a espuertas, ya lo hemos dicho, y contaremos aquí nuestros inconclusos duelos con algunos libros, para nosotros infinitos (porque nunca alcanzamos su fin).

 

Ulises, de James Joyce

          (Advertimos que solo el hecho de mencionar este libro como ilegible ya nos deja automáticamente fuera de la intelectualidad española y con la entrada prohibida en el Ateneo para el resto de nuestros días, con lo que salimos ganando.)

Ningún hijo de ningún vecino se atreve en público a denostar a Joyce, aunque en la intimidad use sus libros para calzar la mesa de la cocina. No nos explicamos este fenómeno, al tiempo que admiramos la excelentísima labor de marketing que se ha realizado con esta obra que se ha hecho famosísima sin que la haya leído casi nadie.

(¡Cuidado! Esta sección tiene trampa. Se trata de un cebo para identificar a esnobs y pseudointelectuales: quienes nos critiquen por despreciar Ulises pertenecen sin duda a esas categorías, dato que atesoraremos para el futuro.)

¿De qué va este libro? ¡Pues precisamente ese es el problema, que por no haberlo podido leer no puedo saber de qué trata! Quien quiera averiguarlo no tendrá otra que tragárselo. (Iba a decir a continuación que, por favor, quien lo leyera me escribiera y me contara el libro pero, pensándomelo mejor, creo que no tengo verdadero interés en enterarme.)

 

Los siete pilares de la sabiduría, de Thomas Edward Lawrence

Este es uno de ellos. Lawrence se enrolla y enrolla y enrolla y, la verdad, preferimos ver las cuatro horas y media que dura la película Lawrence de Arabia, de David Lean, que leernos las memorias de este inglés un tanto rarito.

Uno podría pensar que el lector desarrolla curiosidad por saber cuáles son los pilares en que se sustenta finalmente la sabiduría, como el título promete; pero tras llevar unas páginas leídas, el lector medio llega a la inescapable conclusión de que la felicidad reside precisamente en la ignorancia, que no quiere la sabiduría para nada y que no está dispuesto a seguir leyendo aquel ladrillo babilónico. El lector medio hace muy requetebién —todo hay que decirlo— y nosotros seguimos su agradecible ejemplo.

 

Guerra y paz, de Lev Tolstói

Para estar al tanto de quiénes son los personajes de algunas novelas es preciso un organigrama. Tal sucede con Cien años de soledad, donde varias generaciones de señores se llaman igual que sus padres, sus abuelos y bisabuelos, en una maraña de Aurelianos y José Arcadios que marea al lector más pintado.

Pero lo de Guerra y paz roza ya el cachondeo. En el primer capítulo de la novela se describe una fiesta y se nos habla del protagonista, que no conseguimos ni por asomo enterarnos de quién es. Es un príncipe, parece ser, pero a veces el autor se refiere a él por su nombre de pila, a veces por su patronímico, a veces por su apellido, a veces por su título y a veces por su apodo. Nunca sabemos si Tolstói se está refiriendo a él o a otro. En cuanto a los demás personajes de la fiesta, ya ni hablamos.

Nos quedamos con la idea general de que la novela trata de que Napoleón invadió Rusia y hubo guerra, y como eso ya lo sabíamos de antes, abandonamos la lectura del libro sin excesivos remordimientos.

¡Fastídiate, Tolstói! ¡Haber escrito más claro!

 

Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda

          Este libro se conoció durante mucho tiempo como Veinte poemas de amor y una canción desesperada del editor, porque no vendía ni a tiros.

Pero luego llegó la concesión del Nobel a su autor. El comunista Neruda se hizo una residencia en la tierra (un chalet que tiraba de espaldas), ganó mucha fama (no fue eso solo lo que ganó) y las cosas cambiaron.

Nadie, hoy en día, desconoce esta línea de Neruda:

«Puedo escribir los versos más tristes esta noche…»

Nadie, tampoco, conoce absolutamente ninguna otra línea, porque la anterior es la primera línea de su libro y nadie ha pasado de ahí. Esta es una verdad más grande que el desierto de Atacama (105.000 km2).

Y no han leído más porque no se entiende ni papa, como vulgarmente suele decirse.

En cierta ocasión, un grupo de amigos aburridos decidimos organizar una velada poética: escogeríamos a un vate querido y leeríamos en voz alta algunos de sus versos.

Ese domingo regalaron el poemario del chileno con el periódico.

¡Ocho! ¡Ocho de los diez amigos nos leyeron que podían escribir los versos más tristes esa noche! Juraron por sus muertos y por algunos de sus parientes todavía vivos que Neruda era su poeta preferido desde que iban al instituto. ¡Ya es casualidad!

(Yo es que soy más de Quevedo, lo reconozco.)

 

Madera de boj, de Camilo José Cela

          Este libro podría considerarse el prototipo arquetípico y por antonomasia de las tomaduras de pelo al lector, si Cela no hubiese escrito también Cristo vs. Arizona, que por ahí se le anda.

Hay historias en las que el asunto va lento, otras en las que renquea, en algunas no avanza en absoluto. En esta directamente no existe, pero esto no sucede por error u omisión, sino por recochineo. No es un libro de esos que sale mal y el autor, ya famoso y sin pizca de integridad, piensa: «¡Bah! Este no vale un pimiento, pero lo publicaré de todas formas.» No.

La impresión que transmiten las páginas que pude leer antes de empezar a temer por mi salud y mi sentido de la estética es que Cela se propuso un día reírse de los lectores que le daban de comer comprando sus libros e hizo una apuesta consigo mismo. Se dijo: «Camilo, ¿a que no te atreves a coger todos los párrafos sueltos e inconexos que has eliminado de otras novelas tuyas (por ser los fragmentos peores), pegarlos uno detrás de otro sin orden ni concierto, vender el engendro resultante como una obra de arte del grandísimo escritor que eres, forrarte a base de bien a costa de los lectores de buena fe y reírte de ellos encima, por haberse gastado sus dineritos en un churro dialogado, sin asunto, ni estructura ni lógica alguna?» Y debió de responderse: «¡Pues claro que me atrevo! ¡Faltaría más!»

Y se atrevió. Cuando has recibido el Premio Nobel puedes permitirte el lujo de abusar de las buenas gentes que aman la literatura y solo pecan de ser confiadas y un tanto incautas.