Las aventuras de Livingstone

Las aventuras de Livingstone

Todos saben esa frase
famosa de «Doctor Livingstone,
supongo», que dijo Stanley,
cuando logró hallar al tipo
al que buscaba, que estaba
tremendamente perdido
allá en el África austral,
a merced de cocodrilos,
leones, tigres y panteras,
ingenieros y pelícanos.
 
Pero muy pocos conocen
qué hacía aquel individuo
en aquel sitio remoto
que está más lejos que Vigo.
Como es nuestra obligación
de pedantes y eruditos
dar cultura a aquellos prójimos
que estén leyendo este escrito,
contaremos en detalle
este episodio instructivo
que tuvo lugar en el
continente calentito.
 
Era Livingstone un hombre
nacido en el Reino Unido
(si hemos de creernos a
su partida de bautismo)
y, aunque suene incompatible,
predicador y científico.
Se ha dicho de él que era un pelma
o más que pelma: cansino;
que era el hombre más pesado
que nunca vieron los siglos,
pero tal cosa no es cierta
(lo afirman sus enemigos).
Si tenía algún defecto
era que era un presumido
y empleaba muchas horas
en preparar su atavío,
vistiendo perpetuamente
su traje de los domingos,
con calzoncillos de raso,
cuello duro y un lacito,
porque no podía sufrir
la mugre ni el desaliño.
Así, cuando estuvo en África,
jamás iba de trapillo
sino vestido de dandy,
con un atuendo exquisito.
 
Como fuere: fue a Sudáfrica
para ejercer como misio-
nero, obtener fama, cris-
tianizar a los nativos
y quedarse algunas tierras
que le dieran beneficios
(porque es en eso en lo que
consiste el colonialismo).
No cristianizó a ninguno
(pues los tenía aburridos
y huían de él cual de la peste),
ni consiguió donativos
que ahorrar para ese momento
en que fuera viejecito,
por lo que quedó frustrado
y pensó en cambiar de oficio,
ya que no iba alcanzar
el estatus de arzobispo.
 
Decidió cruzarse cruzarse el África
montado sobre un triciclo,
pero al final lo hizo andando
—que era un muy sano ejercicio
que le vendría muy bien,
pues estaba rellenito—
y se unió a una expedición
por el país de los bichos,
efectuando un viaje
de tres pares de testículos
por en medio de la selva,
desde el Atlántico al Índico,
descubriendo sitios nuevos
y nutriendo a los mosquitos.
 
Tuvo el hombre mucha suerte,
porque en un día festivo
abandonó el campamento
para dar un paseíto
y fue y se topó de bruces,
sin quererlo, con el río
Zambeze, en el que había
más agua que en un botijo.
Descubrió unas cataratas
que metían mucho ruido,
que bautizó con el nombre
de Victoria, por capricho
y para hacer la pelota
a la reina, ¡el muy listillo!
 
A partir de entonces todos
alabaron su heroísmo,
le convidaron a gambas
—que comía con delirio—,
le hicieron cien homenajes
que aumentaron su prestigio,
le invitaron a los clubs
y le dieron patrocinio
para ir a descubrir
más sitios no descubridos,
y allá que se marchó a
buscar las fuentes del Nilo.
 
¿Qué pasó entonces? Pues que
se equivocó de camino,
por olvidarse la brújula,
y el hombre estuvo perdido
tres o cuatro años bisiestos
sin salir del laberinto.
 
Al ver que no regresaba
(y por no hacer el ridículo)
la Geographical Society
decidió (por compromiso)
mandar una expedición
para encontrar al maldito
Livingstone, que bien podía
haberse quedado en Bristol
sin comprometer a nadie
y sin armar ese lío.
 
Henry Stanley fue en su busca,
en su socorro y auxilio.
No le fue fácil hallarle
—que Livingstone era ubicuo
y tan pronto estaba aquí
como allá o en otro sitio—
y sólo después de muchos
meses halló al susodicho.
 
Entonces tuvo lugar
ese encuentro que fue un hito
en la historia de las glorias
del Imperio «britanico».
(‘Británico’ no rimaba,
como ya ustedes han visto.)
En un claro de la selva,
en terreno tanganico,
estaba estaba el ex-misionero
fumándose un cigarrillo,
cuando Stanley se acercó
todo pomposo y redicho
y pronunció aquella frase
que se dice que le dijo:
«Doctor Livingstone, supongo».
¡Mira que hay que ser cretino
para usar la flema inglesa
en medio de mil peligros!
Porque muy cerca de allí
tenían su domicilio
unos cafres antropófagos
con un tremendo apetito
y, de haberles escuchado,
les habrían agredido
y apresado, preparando
un suculento cocido
congoleño con los dos
o una paella o un pisto,
una fabada africana
u otra variedad de guiso
y ambos ingleses se hubieran
de esta forma convertido
en sustancia merendable,
en material proteínico
y en carnaza susceptible
de bocado y de mordisco.
 
Sin embargo, los dos hombres
se estuvieron tan tranquilos
mientras se daban la mano
y hablaban con tono frío.
La charla estuvo del todo
desprovista de atractivo.
Se preguntaron por la
familia y por los amigos
y luego hablaron del tiempo,
que es un tema socorrido.
En fin: ¡una aburrición
más grande que un obelisco!
 
¿Qué paso después? Pues nada.
Henry Stanley, ya cumplido
su cometido, volvió
a Londres y el muy pollino
de Livingstone quedó allí,
escuchando el tocadiscos
que le había traído el otro,
con los discos de Camilo
Sesto, del Dúo Dinámico,
de Massiel y de Los Brincos.
(¡Qué curioso queda el verso
si acaba en anacronismo!)