La naranja mecánica

La naranja mecánica

Ésta es la historia de Alex
y su pandilla de drugos,
que son una tribu urbana
de chicos bastante brutos
con un look un tanto «retro»
y olor bastante perruno
que campan por sus respetos
en un mundo del futuro,
que luego resulta Londres
(un Londres la mar de sucio
que, aunque es de ciencia-ficción,
no es como en el 2001
—la película anterior
de ese genio stanleykúbrico
en que todo era tan blanco
y limpio que daba gusto).

La cosa empieza en que están
sentados en un tugurio
bebiendo leche con mercro-
mina, para darse impulso.
(Yo he probado ese mejunje,
pero a mí me supo a engrudo
y ni me puso contento
ni sentí estar hecho un mulo.)

Salen a buscar mendigos;
pronto se encuentran con uno
y le dan una somanta
que se escucha desde Suffolk.
Luego entablan un combate
con otra banda de furcios;
se meten en una casa
vestidos de narigudos
para estar un rato haciendo
el cafre y el energúmeno,
porque es un hecho palmario
que no han leído a Confucio.
(Este trozo me lo salto,
porque es un trozo muy crudo
con violencia, violaciones,
sangre, guarradas, insultos
y esas cosas censuradas
que a los niños gustan mucho
pero que no está bonito
poner en un sitio público.)

Como son malos, malísimos
el Alex y sus mendrugos
al final los trincan, pues
en ficción algo es seguro:
el criminal nunca gana.
Aunque de todos el único
acusado es Alex, quien
pasa un tiempo de recluso.

Pero luego los científicos
tienen un proyecto estúpido
que impide, mediante química,
cualquier clase de exabrupto.
El sistema es ingenioso:
le hacen ver mil filmes pútridos
para hacer que le den náuseas
los golpes y los desnudos,
con lo que el Alex se queda
con el ánimo pachucho.

Le sueltan, vuelve a su casa
y queda patidifuso
al notar que su familia
le trata como a un felpudo.
Sale a la calle, se encuentra
en un puente con un grupo
de mendigos que le endiñan
cien trompazos por minuto.
Luego le cogen dos «polis»,
que eran dos amigos suyos
de su banda que, enfadados,
casi le parten el húmero.

Pide ayuda en una casa
que, por azar, es de uno
al que sacudió en su día.
Y el dueño, bastante cuco,
finge que no le conoce,
disimulando su júbilo.
Le da un plato de spaguettis
con un copazo de orujo
(lo justo para inducirle
a un sueño o sopor profundo)
y Alex queda al mismo tiempo
adormecido y recluso.
El tipo quiere venganza,
dejarle muerto y difunto.
Decide acabar con él
por procedimiento músico
haciendo que oiga a Beethoven
hasta que Alex queda mustio
y salta por un balcón
que está más alto que Cuzco,
dándose un trastazo inmenso
e ingresando en un quirúrgico.

Al cabo de algo de tiempo
(fue en septiembre y ahora es julio)
Alex consigue dejar
de comer por un embudo
y comienza a mejorar
y a quitarse algunos puntos.
Un ministro oportunista,
parecido a Victor Hugo,
se hace una foto abrazado
a Alex, cual si fuera un pulpo,
y le promete un empleo
como vendedor de churros,
pues Alex no sabe hacer
ni la «o» con un canuto.

El final de la novela
—ya lo maliciaba alguno—
describe a Alex contemplando
de una enfermera los glúteos
porque el efecto del fármaco
dura, sí, pero no mucho.