La batalla de Lepanto

La batalla de Lepanto

Yo, que en las dulces horas
del descanso, pensaba en las señoras
y nunca usé la pluma
si no fue para hacer alguna suma,
un día —creo que un lunes—,
mientras veía un «film» de Louis de Funes,
sentí un sutil sonido
brincando desde el éter a mi oído
que, lleno de eco y pompa,
directo se metió en mi eustaquia trompa
con un acento eufónico
y en un latín un tanto macarrónico
que cuento, traducido,
para así demostrar que lo he entendido.
La Musa generosa
—de araña parte y de las artes diosa—,
no tras la celosía
(que no hay ninguna por la alcoba mía)
mas por una ventana,
apareció de pronto una mañana.
«¡Oh, tú!», me dijo. «¡Mande!»,
le contesté. «Descríbenos la grande
batalla de Lepanto
en un extenso y descriptivo canto,
cuando la Santa Liga
la turca mano aprisionó, enemiga;
que los historiadores
—por ser aburridísimos señores—
prescinden de la eufónica
poesía al relatarnos una crónica.
Las batallas navales
se han de contar con pelos y señales
y del valor hispano
—aunque eso es algo que hoy ya está lejano—
hay que hacer el artículo
y evitar, eludiéndolo, el ridículo.»
Marchose al decir esto
tras decir del proyecto el presupuesto,
dando por descontado
que yo haría aquello que me había mandado.

El imperio otomano
—que hemos de dejar dicho de antemano
que eran gente nefasta
y puñeteros hasta decir «¡basta!»—
pretendió el mangoneo
del mar Mediterráneo y del Egeo.
Atacó a los chipriotas
y los pilló durmiendo cual marmotas
e igual hizo en Venecia,
en donde la somanta fue más recia.
Así, de esta manera,
fue como se lió la pelotera
que es tema de este canto:
la tremenda batalla de Lepanto.

¿Y dónde está ese puerto?
Habrá que preguntarle a algún experto,
porque aquí les confieso
que yo lo ignoro y no sé nada de eso.
(Es igual, prosigamos:
seguro que después nos enteramos.)
El caso es que Occidente
unió su fuerza apresuradamente
en un solemne pacto,
por más que decir esto no es exacto,
ya que varias naciones
respondieron a él diciendo nones
e hicieron escaqueo
para evitar meterse en un jaleo.
Al final, los cruzados
fueron sólo los reyes más pringados,
los de la Liga Santa,
que son valientes y a quien nadie achanta:
Génova, el Vaticano,
España y algún que otro veneciano.

Con trescientas galeras,
que se agitaban como cocteleras,
la católica flota,
repleta de animales de bellota,
inició la contienda
un miércoles, después de la merienda;
atacó a Alí Bajá
—que era el turco que estaba por allá—
y le hizo mil destrozos
provocando en sus huestes mil sollozos.

La guerra fue cruenta
y mucha gente casi no lo cuenta.
Se hizo una escabechina
que ponía la carne de gallina:
catorce mil heridos
y ocho mil entre muertos y moridos,
cuatro mil prisioneros
en varios trozos y otros mil enteros.

Entre los tripulantes
se encontraba también Miguel Cervantes,
un valiente soldado
que fue, por cierto, muy afortunado,
pues aunque un cañonazo
le dejó al hombre manco de algún brazo,
pudo salir con vida
y con una pensión por tal herida.
Luego adquirió gran fama
desde Murcia al desierto de Atacama,
pues hizo un soporífero
libro que puede usarse de somnífero
sobre un tal Don Quijote
que iba de justiciero y de machote
y se metía en lizas
en las que recibía mil palizas.
(Esto no tiene nada
que ver con la batalla comentada:
lo he puesto de relleno
y para hacer el verso más ameno.)

Y volviendo a Lepanto
y para concluir con este canto,
diremos que la gloria
de aquella memorable y gran victoria
contra tan cruel contrario
se atribuyó a la Virgen del Rosario,
mas con tal resultado
quedó Don Juan de Austria muy chafado
(lo cual no es muy chocante
teniendo en cuenta que era el Almirante).

Lo que se encuentra escrito
sobre Lepanto es todo muy bonito,
mas la realidad triste
de tal combate —y no es cosa de chiste—
es que aquella cruzada
no sirvió en absoluto para nada
porque en menos que canta
un gallo utilizando su garganta,
con gran desfachatez
invadieron los turcos otra vez
entero el Mare Nostrum
echándole a la cosa mucho «rostrum».
Tras la inútil batalla
los cristianos tiraron la toalla
y dejaron que hiciera
el turco lo que más le apeteciera,
pues combatir desgasta
y te sale, además, por una pasta.