Jasón y los argonautas

Jasón y los argonautas

El afán por los tesoros
no es cosa de esta mañana
ni de ayer, que viene de los
tiempos de Maricastaña.
Por si dudan, les contamos
una historieta muy clásica
—con la cual se han hecho series
y películas muy malas—
con las aventuras de
Jasón y los argonautas,
que dieron vueltas por la
piscina mediterránea
para obtener una piel
de carnero (¡ya son ganas!),
una piel que, como es lógico
y natural, apestaba,
pero que tenía prestigio
y daba caché. (¡Qué extraña
que era la gente de Grecia!,
¿no les parece?) La fábula
del vellocino de oro
—que así es como se llamaba
aquella piel asquerosa—
se considera una hazaña
y, por hacerla, a Jasón
le dieron una medalla
(que empeñó a los pocos días
en una tienda de Esparta).
Nuestra historia da comienzo
en un reino de Tesalia
donde un hermano del rey,
envidioso, se lo carga
y se queda con el trono
real con toda su cara.
Por caprichos del destino
un principito se escapa
y un campesino lo cría
para que le dé a la azada.
Pasan años y un arúspice
—sin andarse por las ramas—
dice al rey que morirá
cuando vea en una plaza
a un hombre desconocido
vestido de forma extraña
y que llegará calzado
con una sola alpargata.
Y eso sucede, en efecto,
porque un buen día se planta
Jasón (que es el joven príncipe)
con hortera indumentaria
ante el rey usurpador,
con una pierna descalza
(porque ha perdido un zapato
cuando ayudaba a una anciana
a cruzar un río, momento
en que se lo llevó el agua).
 
El rey, viendo que el destino
va a cumplirse, se atraganta
y, para librarse de él,
se inventa una martingala.
Contándole muy deprisa
una confusa patraña,
lía a Jasón y le convence
para que enseguida vaya
a buscar un vellocino,
que vale una pasta gansa,
y (no sabemos por qué)
el otro accede y se marcha.
(La razón de que ignoremos
por completo lo que causa
la decisión de Jasón
es muy sencilla y muy clara:
no hemos leído el relato
de Píndaro, que es un plasta,
y por eso no sabemos
gran parte de lo que pasa.
La información que empleamos
—que es muy dudosa y escasa—
sale de una enciclopedia,
para más inri, abreviada.)
En fin: Jasón y su equipo,
sin perder más tiempo, embarcan
en una nave y al poco
—en menos de una semana
ya no saben dónde están
pues se han olvidado el mapa
y en la ciencia de bogar
tienen tan poquita práctica
que usan para hacer palotes
el cuaderno de bitácora.
Llegan a la isla de Lemnos,
en donde hay unas muchachas
que por faltarle a Afrodita
habían sido castigadas
con un olor nauseabundo,
así como de cloaca.
A causa de este detalle
los varones en manada,
para salvarse del tufo,
las rehuían y evitaban,
por lo que estaban, las pobres,
un tanto necesitadas.
Los argonautas, heroicos,
al ver aquel panorama,
deciden sacrificarse
y todos ellos se tapan
con bastante cera los
orificios de las napias
para evitar los olores
y emanaciones malsanas
y les hacen un favor
que les sirve de terapia.
 
La reina de allí, Hipsipila
(o Hipsípila, que no es llana
ni es aguda sino esdrújula
esta dichosa palabra
tan difícil de decir)
—que es la reina de las majas—,
para agradecer el gesto
le regala unas maracas
a Jasón y le concede
medios para que se vaya,
ya que le indica el camino
y le da hasta coordenadas.
Jasón y sus chicos vuelven
a cruzar la mar salada
y llegan a Salmideso,
embarrancan en la playa
y se encuentran con Fineo,
un señor con unas gafas
de culo de vaso, a quien
le están haciendo la Pascua
unas arpías malísimas
y que se llevan la palma
en los concursos de feas,
porque son feas con ganas.
Son criaturas voladoras
con rostro de mujer, garras,
alas y patas de gallo,
que las miras y te espantas.
Los argonautas son fuertes
porque comen espinacas
y les dan a las arpías
una tremenda somanta,
con lo que ellas se van
directas a una farmacia
para comprarse tiritas,
paracetamol y árnica.
Agradecido, Fineo
les da una fórmula mágica
para encontrar el camino
a la Cólquida buscada
(porque si no le dirigen
Jasón llega a Nicaragua)
y allí se encamina el héroe
con el resto de la panda.
En la Cólquida hay un rey
llamado Eetes (¡caramba,
qué nombre tan raro!) que
les dice a los de la barca
que pueden tener la piel,
pero que antes de agarrarla
han de superar tres pruebas
pensadas con mala baba
para que nadie las pueda
completar por más que haga.
Deberán uncir dos toros
y luego, ara que te ara,
sembrar en el campo un diente
—que por una razón rara
le entregó Atenea al rey
para que se lo sembrara—
y, por si esto fuera poco,
derrotar a una lagarta
de gran tamaño, que es
la que el vellocino guarda.
¿Lo hará Jason? ¡Qué remedio!
Lo hará, porque tras tan larga
travesía no va a volverse
sin el trofeo a su casa.
Acepta cumplir las pruebas,
aunque de muy mala gana.
Por fortuna, en estos mitos,
en estas leyendas trágicas
siempre aparece de pronto
alguna maga simpática
que echa una mano a los héroes
cuando les vienen mal dadas.
Medea, la hija del rey
—que tiene un máster en magia—,
se enamora de repente
de Jasón hasta las cachas
y, así, sin perder ni un
momento, se le declara.
Él, para que ella le ayude,
le promete desposarla,
aunque cruzando los dedos
con las manos en la espalda.
Ella saca los apuntes
de hechizos y abracadabras
(de cuando estuvo en la Uni-
versidad de Salamanca)
y ayuda al héroe a cumplir
las tareas que le faltan.
Contribuye a unir los toros,
atándoles por las patas;
siembra los dientes, la cosa
que era menos complicada,
y distrae a la dragona
con un ratito de charla
mientras le pone una in-
yección en la retaguardia
que hace que al cabo de un rato
quede toda amodorrada.
Tras superar las tres pruebas
y sin hacer ni una pausa,
Jasón coge el vellocino
y se lo mete en la saca,
hecho lo cual, sin perder
más tiempo, sale por patas,
huyendo con una ve-
locidad de telegrama
para evitar el bodorrio
con Medea (que es muy chata,
bizca, pecosa, rechoncha,
pechiausente y patizamba),
porque a él los matrimonios
le producen urticaria.
Y ya con este episodio
nuestro poema se acaba.
Si les ha aburrido, aguántense;
si les ha gustado, aplaudan;
pero mediten un poco
sobre la historia narrada:
verán que para cruzar
osadamente la charca,
exponerse a mil peligros,
iras, furias y venganzas
y buscar con tal denuedo,
insistencia y contumacia
un pedazo de un borrego,
un cacho de piel con lana
(y que, en resumidas cuentas,
no servía para nada)
se tiene que ser bastante
cretino y tonto del haba.