Ícaro y su padre (Dédalo)

Ícaro y su padre (Dédalo)

Una historia muy curiosa
que no tiene desperdicio
sobre el ansia de tener
lo que no te dio el destino,
lo que no te corresponde,
lo que es un mero capricho
que acaba generalmente
metiéndote en un buen lío
es la leyenda grieguísima
que nos cuenta cómo Ícaro
se encaprichó de unas alas
para volar como un mirlo,
un águila, una gaviota,
un vampiro o un pelícano,
llegando a un triste final,
pues se cayó y se hizo cisco.
Una lección enjundiosa
aprendemos de este mito
que nos cuenta ese escritor
tan plúmbeo llamado Plinio
en un libro de los suyos,
más pesado que un ladrillo.
Pasó en ese mundo lleno
de metopas y triglifos,
de cariátides y ovejas
que era Grecia, por el siglo…
por el siglo…… (la verdad
es que no lo sé; lo miro
en alguna enciclopedia
y ya luego se lo digo).

Comenzaré a relatarles
la cosa por el principio,
porque si no, me aturrullo,
pierdo el hilo narrativo
y al final nadie se entera
de quién fue el protagonisto
de la historia que se cuenta,
adónde fue ni qué hizo.
La acción del mito transcurre
en el islote de Minos
donde Dédalo se encuentra
preso, encerrado y cautivo
por alguna razón que
no nos importa ahora mismo.
Tiene un hijo que se llama
Ikaros (en griego antiguo
y a secas, que en aquel tiempo
no se usaban apellidos),
que es un niño muy mimado
que tiene muy poco juicio
(como vamos a ver luego)
y se pone pesadito
insistiéndole a su padre
—desde el lunes al domingo
y desde enero a diciembre
hasta sacarle de quicio—
en que desea salir
volando como Cupido.
 
Dédalo, por no aguantarle
(y como es un tipo listo
y muy hábil, que una vez
construyó hasta un laberinto),
piensa que puede matar
a dos pájaros de un tiro:
fabricará cuatro alas
zurciéndolas con un hilo
y saldrán ambos volando,
felices y fugitivos.
 
Pensat i fet. Cuando tienen
las alas (de metro y pico)
se las adhieren con cera
y hacen los preparativos
para despegar y no
parar hasta Puerto Rico.
Pero surge un gran problema
y es que el niño está gordito
(por su maldita costumbre
de comer a dos carrillos)
y no consigue elevarse.
Ha de perder varios kilos,
lo que retrasa seis meses
la marcha de los plumíferos.
Cuando todo está dispuesto
y ya ha enflaquecido el chico,
su padre le da instrucciones
para que evite el peligro:
«Circula por la derecha,
ve despacio, no hagas giros,
no vueles alto, que el sol
(o sea: el astro lucífero)
te derretirá las alas
y te la darás, de fijo.»
Todo esto le dice Dédalo,
pero el niño es un borrico
y no le presta atención;
vamos, que hace caso omiso
de los consejos de tráfico
que le da su padre. Sigo.
 
Una tarde despejada,
poco después de las cinco,
tras merendar, se dirigen
al borde de un precipicio,
saltan y vuelan un rato
con tremendo regocijo
entre nimbos y entre estratos,
entre cúmulos y cirros.
Pero ¡oh, destino cruel!,
¡oh, triste y amargo sino!,
¡oh, suerte aciaga y negrísima!
Ícaro no lleva abrigo
(porque decide ir in cuéribus
para así pesar poquito)
y, al poco rato de vuelo,
empieza a sentir el frío.
Y como el niñato tiene
la cabeza de chorlito,
sube directo hacia el sol
para aprovechar el ígneo
calor, sin pensar siquiera
ni un instante, ¡el muy cretino!,
que los fulgores solares
que le ponen calentito
por otra parte también
le van a dejar fundido.
Y así fue: se derritió
toda la cera y el niño
supo que volar sin alas
era algo dificilísimo
y en menos que canta un gallo,
perdido ya el equilibrio,
cayó en picado, rompiéndose
hasta la fe de bautismo.
Dédalo quedó hecho polvo
viendo aquel final fatídico
y acabó diciendo: «¡Vaya
forma de hacer el ridículo!»