El noventayochismo (palabra fea donde las haya)

El noventayochismo (palabra fea donde las haya)

Se ha escrito tanto sobre aquella panda que integró la generación del 98 que nadie objetará a unas cuantas palabras más.

La precisión inicial es que la palabreja está mal. ¿A qué siglo se refiere? Tenía que haber sido milochocientosnoventayochismo. Al emplear únicamente las unidades y decenas del número para indicar la tendencia cultural que surgió ese año se crean malos precedentes. Porque ¿cómo llamaríamos a una tendencia que hubiera surgido en el año 2006? La respuesta es inequívoca: «seísmo».

En literatura se denomina «generación» a cualquier grupo de escritores nacidos en fechas parecidas y que meriendan todos juntos gracias a una misma subvención estatal.

Ortega y Gasset se hallan ambos de acuerdo en afirmar que las generaciones cambian cada quince años. En lo que a mí respecta —y pese a mi precocidad— puedo asegurarles que yo, a los quince años, todavía no estaba de pleno entregado a la elaboración de la generación siguiente a la mía. Pero no voy a desmentir a Ortega y Gasset, esos dos filósofos de tanto prestigio, que se querían tanto que iban siempre juntos a todas partes.

En cuanto a la generación del 98, fue «Azorín» quien propuso el nombre (para poder incluirse él sin que nadie protestara).

Pero todos protestaron. Maeztu puntualizó algunos puntos. Unamuno (¡pues bueno era él!) se empeñó en no quedarse atrás y dijo que, si Maeztu puntualizaba, él puntualizaría todavía más cosas que el otro, como efectivamente hizo. Baroja, como buen individualista, negó pertenecer a nada. Lo que dijo Valle-Inclán al respecto no se puede transcribir sin cruzar el límite del buen gusto. Benavente no se pronunció al respecto, porque se había ido al pueblo a visitar a una tía suya que estaba enferma del bazo. A Machado no le llegó la carta notificándole lo de la generación («Azorín» era así de oficioso)… En fin: que la cosa no cuajó entonces, sino después, en 1935, cuando Pedro Salinas, desesperado por hacer algo para que la posteridad le recordase, le copió la idea a Julius Petersen.

El año elegido fue el del Desastre (aquellos años fueron casi todos bastante malos, así que podían haber escogido otro). Bien es verdad que se perdió Cuba, pero la realidad es que este hecho a los noventayochistas no les importó demasiado, pese a lo que se diga.

Se asegura también que todos, absolutamente todos los miembros de aquella generación habían leído íntegramente a Kant, a Nietzsche, a Schopenhauer y a Kierkegaard, pero permítanme que lo dude.

Luego está lo de la preocupación por España. Eso está bien, pero no es privativo de su generación. Todos los españoles estamos preocupados por España y nos hacemos las mismas preguntas: ¿Subirán los impuestos en España? En Europa ¿se ríen de España? Todas estas elucubraciones no significan ningún mérito literario añadido.

El caso es que todos se preguntaban de vez en cuando en qué consistía la esencia del alma española y no supieron responderse. (Yo sí lo sé. Lo incluyo al final de este escrito.)

Dolores Franco, en su entrada sobre el Noventa y Ocho en el Diccionario de literatura de Revista de Occidente (2ª ed. de 1953, pág. 303) asegura que los más viejos, como Unamuno, habían empezado a escribir antes, mientras que los más jóvenes lo hicieron después. Esto arroja luz sobre el tema que nos ocupa.

También es peculiar el hecho de que a todos les gusta mucho Castilla, pese a que ninguno era castellano. Esto es algo parecido a lo que les pasa ahora a los vascos, a los que les gusta tanto Navarra.

En resumidas cuentas, que el tiempo apremia: Si no fue todo lo antedicho ¿qué fue entonces lo que unió a estos escritores?

La respuesta es fácil para aquel que conozca a fondo nuestro país: el odio a Echegaray, quien, además de ganar el Nobel, ganaba también muchas pesetas de las de entonces. Esto fue lo que realmente les unió.

Y cuando las instituciones españolas le dieron a Echegaray un banquete-homenaje por ser el primer español galardonado con muchos miles de coronas suecas (el diploma es más bien feo y no merece la pena ponerle un marco), los intelectuales del 98 se negaron a acudir. ¡Rehusaron acudir a una cena gratuita con salmón y caviar!

Esto no tiene precedentes en el mundo civilizado y su única explicación es esa envidia corrosiva en la que consiste finalmente la esencia de lo hispano.