El nombre de la rosa o la abadía del crimen

El nombre de la rosa o la abadía del crimen

(Esta narración se debe
a Umberto (sin hache) Eco,
un profesor de semiótica,
que ¡sabe Dios lo que es eso!)
El caso es que la novela
gustó mucho en su momento
y hasta hicieron una «peli»
allá en el mil novecientos
ochenta y seis, dirigida
muy bien y con gran acierto
por Jean-Jacques Annaud: un film
que dio bastante dinero.

«Ahora que soy ancianito
y estoy bastante decrépito
quiero contarles mi historia,
porque si voy y me muero
ya no la podré contar.
Mi nombre es Adso de Melko.
¿Qué puedo decir de mí?
Fui fraile y lo sigo siendo.
Y nunca pensé salirme
de mi orden, pues prefiero
pasarme la vida orando
que hacer de picapedrero.

Mi historia trata de crímenes,
robos, mentiras, incendios,
laberintos, manuscritos,
abades y cillereros,
inquisidores, verdugos,
herejes y majaderos.
(Me temo que he destripado
casi todo el argumento
antes de empezar siquiera
a hablarles de fray Guillermo.
Como no me dé más prisa
estamos aquí hasta enero.)

Pues el caso es que llamó
el abad de un monasterio
a fray Guillermo de Bas-
kerville, un inglés muy serio,
alto, chupado, delgado,
(en fin: un saco de huesos)
para ejercer el oficio
de Hercule Poirot del convento,
de Sherlock Holmes franciscano,
de Chuck Norris del Medioevo.
Yo fui su ayudante entonces:
vi al gran hombre desde dentro,
le lavé los calcetines,
compartí con él mi queso,
heredé su par de gafas
y le ayudé en el misterio
del robo del manuscrito…
Pero otra vez me estoy yendo
de la lengua, adelantando
cosas que pasaron luego.»

Como el narrador se cansa
porque está bastante viejo,
sigo contándoles yo
aquel asunto tremendo.
Resumiendo, que es gerundio:
Un fraile bastante bello
aparece asesinado,
luego otro, ¿se llama Bencio
el primero o el segundo?
(Creo que me estoy confundiendo.)
Luego matan a un tercero,
después del tercero, al cuarto,
y luego al quinto y al sexto.
No se sabe quién ha sido,
que el asesino es discreto.
Todo apunta a que el motivo
del escabechinamiento
es un manuscrito antiguo
escrito en idioma griego
sobre un pergamino en tela,
no sé si tergal o fieltro.

Para resolver el caso
tienen que meterse dentro
de la inmensa biblioteca
que está más fría que el hielo,
donde hay ratones y moho
y un mal olor del infierno.
Además, es laberíntica
y sin un plano completo
del sitio donde te encuentras
tu futuro está muy negro,
porque no sales ni a tiros
de aquel sitio tan siniestro.
Y encima de los estantes
arden unos pebeteros
donde se queman mil hierbas
que te trastocan el seso
y te hacen ver cosas raras:
monstruos, dragones y elfos,
curcios, porfulios, cestones,
argonichos, panderetos,
trifos, pelurcios y frascios,
sierpes, brujas e ingenieros.

Pero descubren al fin…
¿Quién? Pues Adso y fray Guillermo.
¿De quién estamos hablando,
señor mío? Pues de ellos.
Ellos descubren —decía—
un escondrijo secreto
donde un monje guarda el libro
por el que todos han muerto.
(Hace falta ser cretino:
yo veo la «tele» y no leo
y mi vida no peligra.)
Pasan muchas cosas luego
y en el final se produce
un atroz enfrentamiento:
por un lado el Sherlock-cura
y por el otro el artero
monje censor, que prefiere
devorar el libro entero
antes de que otros lo lean.
Se lo come. ¡Buen provecho!

Pero como va y resulta
que hay en el libro un veneno
—destinado al que se chupe
de vez en cuando los dedos
para pasar cada página—
pues acaba patitieso.
Y el manuscrito valioso
que era parte de un compendio
escrito por Aristóteles,
Platón o alguno de ésos,
desaparece del todo
en un estómago hambriento.
Y, por si esto fuera poco,
Adso inicia un torpe intento
de apoderarse del libro
y produce un gran incendio
al darle un codazo a un cirio,
por lo que salen ardiendo
cien mil libros y una gaita
escocesa que le dieron
como regalo al abad,
quien la guardaba allí dentro.

Unos mueren, otros huyen;
otros se queman los pelos
intentando llevar agua
para así apagar el fuego
(que es sistema patentado
que se emplea con acierto
desde el periodo neolítico,
de cuando data el invento);
otros van a las cocinas
a tomarse un refrigerio;
otros muchos se dedican
a un piadoso lloriqueo
por los tesoros perdidos;
otros juran en hebreo
y buscan al responsable
para atizarle de lleno.

Guillermo y Adso, prudentes,
hacen un mutis discreto
y se toman unos días
de vacaciones y asueto
en una playa cercana
donde se ponen morenos.