El Metro de Madrid: un mundo donde todo es posible

El Metro de Madrid: un mundo donde todo es posible

En el Metro de Madrid pasa algo con las líneas. Porque yo, la primera vez que me subí, viajé por sitios muy raros.

Al salir de Iglesia, pasé por Tribunal y, tras dar una vuelta por Embajadores, acabé en Opera, como un aristócrata desocupado.

Salí de Estrecho y, sin ver Sol, llegué a Norte, donde me quedé helado. Me reanimó ver a lo lejos a San Bernardo. Fue como vivir una aventura.

Me sorprendí de que Alfonso XIII viniera antes que San Lorenzo, al contrario de lo que me habían enseñado los libros de historia.

Saliendo del Puente de Vallecas, en un periquete llegué a Buenos Aires, de lo que se deduce que, pese a los avances de nuestra época, la geografía sigue siendo una materia desconocida.

Al lado de Pirámides estaban las Acacias, que no me explico cómo crecen con ese clima.

Había una Vista Alegre de la cárcel de Carabanchel.

No haré ningún chiste escabroso con el Empalme y el Campamento.

Colombia está, sorprendentemente, a la derecha de Cuzco.

Cualquier persona puede tener la Esperanza de llegar a la Prosperidad, pero está Lista.

La Avenida de la Paz está llena de Artilleros.

De la Sierra de Guadalupe sale el Arroyo del Fresno que, tras llegar a un Lago y a una Laguna, va a parar al Mar de Cristal (¡qué bonito y líquido párrafo!).

Por la proximidad de las estaciones me entero de varias cosas: Alvarado era un Estrecho; el Marqués de Vadillo le daba al Oporto; Santo Domingo no ligaba mucho, porque siempre estaba Callao; Gregorio Marañón veraneaba en Cartagena; el Príncipe de Vergara se cansó de trabajar y pidió el Retiro; Menéndez Pelayo era muy Pacífico.

También se sabe algo de las Canillas de Arturo Soria.

Rubén Darío estaba más lejos de Las Musas de lo que todos creíamos.

La mejor Ópera es La Latina, así es que ¡fuera Wagner!

Es un metro muy xenófobo y poco amigo de inmigrantes, por eso los Palos de la Frontera hacen las Delicias de algunos.