Cincuenta sombras de Grey

Cincuenta sombras de Grey

No debe escandalizarnos
«Cincuenta sombras de Grey»,
ya que en España endiñamos
también a base de bien
a la parienta y no es raro
pegarle hasta en el carnet.
Pero los pueblos sajones
van y hacen el paripé
de que ellos son elegantes,
exentos de ordinariez,
civilizados y finos
y no les dan puntapiés
a sus mujeres, ni tortas
ni guantazos a granel.
Pero ¡es mentira, señores!;
en todas parte se cue-
cen habas, como se dice,
ya sea España o la Gran Bre-
taña o cualquier otro sitio,
porque es una humana ten-
dencia que viene de antiguo,
cuando Caín zurró a Abel
porque carecía de esposa
a quien darle para el pel.

(Comprendemos muy bien que aquí, en vez de ‘pel’, tendríamos que haber puesto ‘pelo’, pero entonces el verso no rimaría y quedaría muy mal. Ustedes nos disculparán esta licencia que nos tomamos.)

En fin, como el libro ha sido
entre los «sellers», un «best»,
les contamos de qué va
y así no lo han de leer.

Es una historia de una
chica que está como un tren,
pero que es tonta y de cama
no sabe ni el abecé.
Se encuentra con un sujeto
guaperas y muy imbé-
cil, que en tema sexuales
es más sabio que Lao-Tse.
Él le da unas clases gratis
de cómo chupar un pie
y ella, ¡oh, misterio!, se queda
tan coladita por él
que a aquello que le propone
siempre le responde «¡Amén!».

El hombre está muy contento
de tenerla a su merced:
podrá disfrutar y ahorrarse
la pasta que cada mes
destinaba, entre otros gastos,
para pagarse un burdel.
A partir de aquí, el relato
carece ya de interés;
solo cuenta que él le quita
a bocados el sostén,
le arranca matas de pelo,
la tira sobre el parquet,
le lee versos de Neruda
(cosa sádica y cruel),
le obliga a hacer mil guarradas,
la ata bien con un cordel,
la estampa contra un armario,
le da contra la pared,
le hace cien mil perrerías,
le arrea golpes en la sien
y, resumiendo, la deja
hecha polvo, hecha puré,
hecha migas, fosfatina,
trizas, salsa bechamel.

No son amores románticos,
como ustedes pueden ver;
no se parecen a los de
los amantes de Teruel.
Pero, si dejas a un lado
la violencia a tutiplén,
el libro es más aburrido
que un drama de Pierre Corneille.